¿Qué Pasa?

TESTIGO

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Era viernes en la noche y  esperaba a un amigo que pasaría  a recogerme por el hotel Fontainebleau de Miami para dar una vuelta por Miami Beach. Mientras me entretenía con un ejemplar del Miami Herald, coincidí en el lobby con el cantaor Diego El Cigala, quien tenía actitud de buscar algo, vestido sencillamente y medio sudoroso.

Al darnos cuenta de quién se trataba lo abordamos y él gentilmente conversó con nosotros por espacio de unos minutos. Le expliqué que era periodista dominicano y que lo conversado sería una especie de mini entrevista. Así como el  mini concierto presentado el pasado martes en el teatro La Fiesta del hotel Jaragua.

Yo, que me impaciento cuando me hacen esperar más allá de la hora acordada, aproveché la conversación para olvidar que los minutos corrían.

El Cigala me hablaba de lo bien que se sentía con el resultado de su nuevo disco que saldría unas semanas después al mercado. De su pasión por la música y de su gran interés en visitar la República Dominica, país del que le habían hablado mucho, de la calidez de su gente y,  el que no había tenido la dicha de visitar.

 Esto me lo decía un hombre que se veía aéreo, con un acento fuerte e intenso, pero despistado, porque ya había estado en el país un año antes.

Pero El Cigala no lo recordaba y por más intento que hice en convencerlo de que se presentó ante el público dominicano, nunca lo recordó.

De fácil olvido

 Es posible que hoy Diego El Cigala no recuerde que el año pasado, durante su presentación en el Teatro Nacional Eduardo Brito, también se quejó del público.

Hoy dice que no es un artista de cabaret, sino de teatro, más íntimo, pero resulta que esa intimidad “la mandó al carajo” un año antes en una sala más augusta que el teatro La Fiesta.

 Lo que hizo Diego El Cigala al público dominicano es muy posible que no lo haga a otro público, en otro país, porque debe saber que el resultado sería otro. El sería menos  estricto, menos olvidadizo y más tolerante.

El Nacional

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