El pasado fin de semana estuvimos en Puerto Rico, dando cobertura al Festival Brugal del Merengue. Allí pudimos comprobar el despertar que está experimentando el merengue hecho por dominicanos, gracias a la apertura que tuvo para este ritmo la emisora Ritmo 96, lo que motivó a otras estaciones radiales a hacer lo mismo, inclusive con programaciones orientadas a otros géneros musicales. Pero no todo es color de rosa en torno al ritmo dominicano. Hubo gente que intentó boicotear el festival, al poner sus intereses particulares por encima del apoyo que debe recibir un sello de dominicanidad tan emblemático como el merengue. Y lo lamentable es que sean dominicanos los que hicieron todo lo imposible para evitar el éxito de este gran evento que ya va por su cuarta edición. Verguenza sentimos cuando puertorriqueños se nos acercaron para explicarnos cómo se armó una trama que buscaba el fracaso de la actividad, sin importar que con esa actitud se echaba un balde de extiércol a la dominicanidad representada en nuestro ritmo. Y al caer la noche del pasado domingo, cuando veía a Johnny Ventura interpretar Yo soy el merengue (yo…soy el merengue, soy la inspiración de mi país, yo soy la alegría y soy el sentir de la tierra donde nací…, recorde a Stefan Zweig: …De entre todas aquellas personas, las más dignas de lástima para mí (como si ya me hubiera asaltado un presentimiento de mi futuro destino) eran las que no tenían patria o, peor aún, las que, en lugar de una patria, tenían dos o tres y no sabían a cuál pertenecían.

