El jueves 13 de diciembre, falleció el ingeniero Luis Orlando Haza Del Castillo. Tío Orlando no pasó por la vida por debajo de la puerta. No señor, y es por eso que se lleva consigo al ámbito del nunca jamás, un verdadero rosario de aprecios, reconocimientos y agradecimientos, todos hijos de su bien ganado prestigio de hombre cabal, serio, honesto, cumplidor, buen hijo, buen hermano, buen padre, buen esposo, buen amigo, buen familiar, excelente consejero, y brillante profesional.
Era sin duda una de esas personas que al partir de este mundo generan un hueco, dejan un vacío que traza su silueta. Ese vació produce una especie de desconsuelo que nos hace pensar que, ciertamente, existen seres humanos especiales e irrepetibles, signados por el destino para hacer cosas buenas, para ser útiles, para ayudar a los demás, para dar buenos ejemplos, para hacernos sentir que no todo está perdido, que vale la pena hacer lo correcto, aún en este mundo donde el inmediatismo es rey y la riqueza material es la desgraciada medida del éxito.
¿Qué hacer ahora que se ha ido? ¿Encogernos de hombros ante la visita de la parca? ¿Dar o recibir unas condolencias que nos traigan paz a nosotros mismos? ¿Buscar refugio en la cotidianidad, bajo el predicamento de que el paso del tiempo todo lo cura?
¿Acaso decir en automático que se fue un gran hombre?
¡No! La vida de Orlando Haza del Castillo vale mucho más que eso.
Recordemos su ejemplo de cumplimiento de frente a los compromisos. Hagamos nuestro trabajo con integridad y celo profesional. Cultivemos la bendición de la amistad con gracia y con lealtad. Seamos fieles al recuerdo de su proverbial gentileza.
En fin, ahora que no estará con su sonrisa generosa y su palabra equilibrada y oportuna, hagamos un esfuerzo por mantenernos merecedores de haber sido parte de su fructífera existencia.
Adiós Tío Orlando: ¡Misión cumplida!

