Cuando las autoridades vinieron a percatarse, hace tiempo que Sobeida Félix Morel había violado la prisión domiciliaria. Y cuando salieron a buscarla se encontraron con la sorpresa de que la compañera del capo boricua José David Figueroa Agosto ya no estaba. Se había esfumado como por arte de magia hasta que por decisión propia reapareció en Puerto Rico.
El caso Sobeida era suficiente para reforzar las medidas de seguridad contra imputados proclives a evadir procesos, pero pronto entró en el terreno del olvido.
Además de Sobeida se ha registrado una fuga fantástica, igualmente sin dejar rastro, que todavía plantea interrogantes: la del teniente de la Policía, Fernando de los Santos (La Soga), acusado de más de 20 crímenes por encargo. El oficial desapareció de las mismas narices de la institución, que por alguna razón, al menos es la impresión que despierta, ha optado por cerrar ese capítulo. El paradero del oficial, que estampó sus huellas en el Cibao, es hoy una de las grandes incógnitas.
Los escapes que han escandalizado a la ciudadanía nada tienen de surrealista ni de mágico. ¿Cómo se puede justificar que, por ejemplo, un cabo de la Policía acusado de la ejecución de un ciudadano, como es el caso de Eduardo Alberto Sarita, pudiera largarse, sin dejar el menor rastro de la sede del Comando Regional Central de la Policía, en Santiago? En una época la gente podía asombrarse con los trucos de Houdini o con la leyenda en torno a Enrique Blanco, pero hoy serían tomaduras de pelo.
Los citados casos, recreados de la memoria, revisten de mucha suspicacia el sorprendente escape de los dos pilotos franceses condenados a 20 años de prisión por narcotráfico. De entrada, no se sabe si los galos, si en verdad estaban en prisión domiciliaria, además de tener impedimento de salida, cumplían con la presentación periódica ante el Misterio Público. Lo que ha trascendido es que llevaban una vida común y corriente, como cualquier ciudadano.
Podrá alegarse que la historia está plagada de fugas espectaculares, muchas de las cuales han dado orígenes a películas históricas. Pero resulta cuesta arriba no pensar en complicidades en casos como el de los franceses y los otros anteriores. De todos, los franceses son los únicos que han dejado rastro.
Están en su país, donde han sido detenidos y afrontan juicio por narcotráfico. Han hablado de la fuga, pero sin despejar todas las incógnitas. ¿Solo recibieron ayuda de franceses y de ningún dominicano? Esa sola interrogante reviste el caso de mal olor.
Sobeida, La Soga, los franceses y el cabo Sarita Rodríguez son casos que podrían tomarse como capítulos para una serie sobre el arte de escapar sin dejar huellas en República Dominicana.

