La historia parece extraída de alguna novela de García Márquez o Frank Kafka, pero es un caso real ocurrido en República Dominicana que involucra la muerte y posible resurrección de un recluso condenado a 30 años, cuyo deceso fue certificado por un médico y su agonía por fiscales, jueces, policías, familiares y carceleros.
La Procuraduría General ha comprobado que Pedro Alejandro Castillo Paniagua (Quirinito) no está muerto, su esposa jura que vio el cadáver, y su padre cree que está vivo y coleando, pero el reo no aparece ni vivo ni muerto.
Quirinito fue condenado a pena máxima de prisión por la comisión de un asesinato, pero una jueza dispuso su traslado a un recinto penitenciario de San Francisco de Macorís, y después ordenó que fuera recluido en una vivienda en el mismo municipio.
Las referidas sentencias de traslado de prisión y luego de reclusión domiciliaria fueron evacuadas bajo el alegato de que el recluso padecía de una enfermedad terminal, lo cual fue “avalado” por un médico legisla que certificó su “muerte”, aunque se ignora si pudo ver o palpar el cadáver de Quirinito.
Convencido de que está vivo y viable, el procurador general ha impartió orden de captura nacional e internacional contra un reo que su mujer dice que murió, su padre lo cree vivo y jueces y fiscales no saben si de verdad murió, o si ha resucitado.
Duele saber que en esta comedia, farsa o tragedia se involucra a jueces, médicos legistas, autoridades penitenciarias, abogados, policías, empleados del orden judicial y muchas más, sin que se conozca de una sola detención o pedido de coerción.
Kafka ni García Márquez podrían imaginarse que sus novelas de terror o de lo absurdo y fantasioso serían superadas por una historia real ocurrida en el Macondo del Caribe, donde los jueces elaboran sentencias en base a una enfermedad terminal de un recluso cuya muerte la certifica una autoridad pública, para que luego se compruebe o se afirme que no ha muerto ni ha resucitado, sino que siempre estuvo vivo y viable.
La Suprema Corte de Justicia, Procuraduría General de la República y el Consejo del Poder Judicial deberían sentir vergüenza ajena o propia por este escándalo novelesco, cuyos personajes no han sido llamados a juicio, y lo que es peor, aún se ignora si Quirinito murió, vive o resucitó o, simplemente, disfruta de una parranda…

