Con el discurrir del tiempo, las zonas urbanas han superado en dimensión y gente a las rurales. Hoy día, y así lo confirman las estadísticas, el mundo es preponderantemente urbano, quedando en el recuerdo fugaz y borroso, las imágenes de Felipa y Macario, personajes campesinos que nos hacían desternillarnos de la risa con sus ocurrencias en la televisión en blanco y negro de los años sesenta.
En nuestro país, las zonas rurales superaban en extensión a las zonas urbanas hasta llegado los años setenta del siglo XX. Luego de ahí, el urbanismo ha sido dominante y predominante. El Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) vaticina que para el año 2050 el 68 por ciento de la población del planeta vivirá en ciudades.
En este contexto de vida urbana se requieren de políticas de planificación aptas, que permitan a las ciudades ser entes habitables y que coexistan en armonía con el hábitat. La masificación, el alto nivel de consumo y el uso y abuso de los espacios urbanos ha traído aparejado una degradación incalculable de estas superficies económicas, sociales y personales.
Una de las herramientas hipertrofiadas en el crecimiento amorfo de las zonas urbanas lo ha representado el transporte, el cual ha desbordado la capacidad espacial de las ciudades.
Es preocupación constante el diseño óptimo de grandes metrópolis, y en esa disposición muchas naciones europeas no escatiman esfuerzo ni recursos en aras de construir ciudades del futuro. El primer paso lo ha dado Luxemburgo, país que anunció que su sistema de transporte público pasa a ser gratuito, medida con la cual busca disminuir el tráfico de automóviles y reducir la contaminación.

