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Tras pensión que  nunca llega

Tras pensión que  nunca llega

BATEY INOCENCIO (San  Pedro de Macorís).-Olvidados y “exprimidos” como bagazos de caña después de la molienda, centenares  de ancianos picadores  languidecen  en los bateyes de ingenios una vez  propiedad del estado,  bajo  una pobreza material cuya crudeza ofende hasta  la propia marginalidad.

Rotos, harapientos y enfermos soportan una existencia de supervivientes. La desnutrición consume sus cadavéricos cuerpos.

De la privatización de los centrales azucareros sólo les quedaron los  barracones que les sirven de refugio  junto a los familiares.

Estos bloques de casuchas, semejantes a corrales, carentes de privacidad e instalaciones sanitarias,  se desmoronan  y caen, día a día, amenazantes sobre sus encanecidas cabezas.

Consumieron sus vidas en el corte y tiro de la caña por decenas de años, en disputada lucha con el pesador tramposo; aún así, llegado el atardecer del crepúsculo, carecen de una mínima pensión y del seguro para atención hospitalaria.

En los bateyes el derecho a la educación se mantiene como una aspiración. La escuela básica regularmente imparte docencia hasta el cuarto de primaria.

Luego de ahí los padres deben buscar cupo a los hijos en comunidades apartadas, muchas veces poniendo en riesgo vidas por caminos difíciles y peligrosos por donde acecha la delincuencia.

“Nunca me han dado una pensión y aunque me descontaban para el Seguro Social no tengo derecho a  la atención médica”, cuenta  Emilio Joseph, quien agotó su juventud picando caña en los campos del Consejo Estatal del Azúcar.

Joseph llegó una tarde a este batey del ingenio Santa Fe, procedente del vecino Haití. Huía del hambre y la miseria que atormenta a sus compatriotas.

“Nos descontaban las cuotas todas las quincenas pero no nos pedían documentos, sólo presentábamos las fichas; ahora nos dicen que eso es un problema porque sin documentos no nos pueden pensionar ni darnos el seguro”, agrega en un español salpicado con creóle.

El caso de José Lois, ex picador de caña, es  igual al de Joseph. “Yo llegué aquí en el 1980, tengo tres hijos una hembra y dos varones, no tengo que darles porque ya no trabajo, me pasé los últimos años en este ingenio y hoy no me dan nada, no sé qué pasará con nosotros”.

Lois desenrolla cantidad de papeles amarillentos y desgastados en los que figuran vales  con los que pagaba la bodega, recibos del salarios que percibió y donde se leen los descuentos que le hicieron para el Seguro Social.

“Pero nada de esto vale, según nos dicen en el gobierno, y por eso no nos quieren dar la pensión ni atención en los hospitales”, dispara.

Si encontrar por aquí algún retrete o letrina es cosa de suerte, comer es un lujo entre los moradores de estos hacinamientos.

Hace una semana que en la casa de Joseph no se enciende el fogón “ni para hervir agua”.  Ha tenido que conformarse con lo que le pasan algunos de los vecinos, repartiéndoselo por “bocaditos” junto a hijos y mujer.

“Usted sabe, como no recibo nada, por aquí no le fían a nadie que después tenga problemas para pagar. A veces salgo por ahí y echo un día o encuentro algo para limpiar en un conuco, pero fuera de eso es difícil conseguir algo”.

De acuerdo a los cálculos de Organizaciones No Gubernamentales (ONGs), alrededor de 20 mil ancianos retirados del corte y tiro de la caña de todo el país  están fuera de la Seguridad Social y sin pensión para sufragar lo más elemental.

 Antonio Polemil, del Centro Cultural Dominico Haitiano (CCDH), dice que oficialmente hay doce mil ex braceros registrados en vista de que no se ha completado el estudio de levantamiento a nivel nacional.

Los braceros indigentes residen en bateyes de los antiguos ingenios Barahona, Montellano, Quisqueya, San Pedro de Macorís, Río  Haina, Consuelo y Santa Fe.

“Todas las organizaciones sociales que velamos por los trabajadores cañeros estamos comprometidos en esta lucha para lograr que a estos infelices el estado los pensione, una pensión a la que tienen derecho porque durante su juventud cotizaron y dieron beneficios para qiue este derecho se les reconozca”, subraya Polemil.

El Nacional

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