Los partidos políticos tradicionales, es decir, casi todos, grandes y pequeños, han terminado reducidos a simples franquicias que se activan en los procesos comiciales para obtener de esa zafra cherchera, pero lucrativa, los mayores beneficios. Atrapado en esas redes circenses, queda el país, condenado a la sentencia irrecurrible de cifras famélicas que refieren pobreza y marginalidad. Por eso, ocupamos lugares de vergüenza en todas las mediciones de indicadores de desarrollo humano.
El día a día de esas corporaciones devenidas en comerciales, es llevado por una cúpula reducida, pero poderosa, que maneja el negocio y su contabilidad en función del interés de los detentadores mayoritarios de la composición accionaria. Los demás, apenas poseen un pequeño pedacito del pastel para cumplir con los rigores legales para la constitución de la entidad.
Ese ejército de base destinado a ejecutar tareas, debe conformarse con las migajas que los jefes distribuyen con el objetivo principal de que continúen adocenados y sirviendo a sus propósitos.
Esa circunstancia ha convertido a esas élites dirigenciales en estamentos endiosados, cuyas decisiones se imponen a soldaditos de escasa dignidad, manejados, por eso, como verdaderos muñequitos de papel. Ay de aquellos que asuman la osadía de intentar transformar su naturaleza con pedazos de decoro. El destierro político suele ser su destino.
Es en ese contexto en el cual, se han producido las resoluciones de la JCE forzando a los partidos a acatar la ley en relación a la selección de sus candidatos. Esas decisiones han contravenido las directrices autoritarias e ilegales de las cúpulas y les ha mostrado que existe una institución en capacidad de revertir sus desmanes y someterlas a su propia legalidad.
Estoy persuadido de que estas ordenanzas electorales podrían significar el punto de partida que conduzca a exterminar prácticas partidarias mesiánicas, abusivas y anti democráticas. De pronto, se ha tomado conciencia de que se puede accionar en contra de las mismas y que existen posibilidades de que el poder sea derrotado.
En un país como este eso es trascendente y desafortunadamente, debe ser reconocido, porque no debería ser excepcional. No estoy del todo convencido de que en cualquier circunstancia la JCE estaría en la posibilidad de enfrentar los caprichos partidarios. De hecho, en ocasiones la hemos visto más afanada en ser salomónica que en aplicar la ley. En esta ocasión, no obstante, ha estado a la altura de de lo que se espera y es de justicia ponderarlo.

