Opinión

Trujillo y Figueres

Trujillo  y Figueres

El dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina revistió su imagen de tanta magnanimidad y glamur que 57 años después de su asesinato su diabólica figura no está en el lugar que le corresponde en el infierno. De él se habla con una ignorancia espantosa, que solo se explica por la debilidad del sistema educativo, el trujillismo de los antitrujillistas y por una democracia que, antes que sepultar, ha reivindicado las prácticas del oprobioso pasado.

Trujillo ha sido santificado con unos méritos que en realidad son producto de la intensa propaganda de la que tanto gustaba para pulir su imagen y fortalecer su poder nacional e internacional. De los que tanto aquí como fuera de aquí se cruzaron en su camino, cuestionando su sangrienta dictadura y el imperio que había construido con los recursos públicos, solo algunos vivieron para contarlos.


Son conocidos los asesinatos en el extranjero de opositores que habían huido del país creyendo que de esa forma salvarían el pellejo.

La conspiración que culminó con el asesinato en Guatemala del presidente Carlos Castillo Armas, en 1957, el frustrado plan para asesinar al gobernante costarricense José Figueres, en 1957, y el atentado en 1960 contra el presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, evidenciaron no solo el alcance de los tentáculos de Trujillo, sino que no reparaba en obstáculo cuando se trataba de enfrentar a sus enemigos. El dictador había hecho pagar con sus vidas a los españoles José Almoina, asesinado en México, y Jesús Galíndez, secuestrado en Nueva York y después desaparecido por la afrenta de denunciar los crímenes de su régimen.

Solo el presidente de Costa Rica salió ileso de la trama del dictador dominicano para eliminarlo. Figueres, a quien Trujillo denostaba llamándolo “Pepe tacones”, no solo rompió relaciones el dictador cuando llegó al poder a través de la revolución que había encabezado en 1948, sino que era uno de los principales líderes de la la cruzada en la región contra la el tirano dominicano.

Hastiado de la campaña del gobernante centroamericano, Trujillo contrató a dos sicarios cubanos e incorporó a un francés y otro dominicano que incluso llegaron a viajar a San José para liquidar a Figueres, pero no pudieron cumplir su propósito porque la inteligencia tica se enteró. Se dijo que los cubanos habían hablado demasiado.

En la nación vivían varios exiliados antitrujullistas
Estas no son más que unas pequeñas pinceladas, que distan mucho del siniestro retrato de un tirano que concentró todos los recursos estatales para administrarlos como si se tratara de un patrimonio personal. Su estructura de propaganda ayudó a ensamblar el mito que todavía rodea su imagen.

El Nacional

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