Caminaba por la Avenida San Nicolás cuando vi una estructura de cartón en el suelo. Era una caja abierta por arriba y estaba rodeada de botellas de ron, de champaña Moet, y de flores plásticas. Me acerqué, había dos retratos: uno de un muchacho bellísimo, con grandes ojos claros que no pasaba de los 17 años, y otro más trigueño.
Le pregunté a tres muchachos vendedores de droga parados en la esquina, uno de ellos un jabao aún saludable, si sabían cómo se llamaba, y me dijeron: “Ud. sabe cómo e”, “nadie sabía su nombre, creo que le decían Bó”. Bó?… “Y no era de por aquí”…
Quien me habla es un jovencito aun fuerte, sano. El que lo acompañaba era ya un cadáver ambulante, el color verde grisáceo y las ojeras de los muertos.
Comencé a mirar y descubrir otras tumbas a lo largo de Broadway, Fort Washington, Wadswordth, Avenida Amsterdam, y en las paredes los retratos de muchachos que no pasan de los 20 años; edificios con fotografías colgantes en las ventanas que dicen “te queremos mucho”, “Haces falta”.
Y pensé que detrás de cada muchacho de estos había, o hay, una familia inmigrante de República Dominicana, campesinos u obreros que vinieron a este país tras el “sueño americano”, para que sus hijos e hijas pudieran educarse en “lo paise”; ir a la universidad, hacerse profesionales y luego casarse, si era con un gringo mejor, para “mejorar la raza”; ayudarlos en su determinación de hacerle una casita “a su mamá”; de construirse una casita en el campo, o en un barrio mejor del que vivían “allá”.
No donde leí que había que tener cuidado con no perder el alma mientras se acumulan bienes. En este caso la advertencia debería ser tener cuidado de no perder a los hijos por el afán de acumular los bienes que el país que los expulsó les negaba.
El problema es que no está en sus manos evitar la tragedia de que sus hijos e hijas comiencen a consumir drogas, o se vuelvan “tecatos”, porque la presión del medio, de los “amigos” de sus hijos e hijas, de los “pushers” que rondan las escuelas como aves de rapiña al acecho de sus próximas víctimas; de los reclutadores como próximos vendedores a quienes envician primero para crearles la dependencia que los hará esclavos del negocio, no es controlable, y “la policía solo agrava el problema, con su violencia y con su racismo”.
Por eso estas calles están anegadas de llanto, son un cementerio de enseres domésticos, ropa barata, baratijas de todo tipo, tenis “de marca”, ropa usada, los tereques de que están hechas las ilusiones rotas del luto.
Por: Chiqui Vicioso
luisavicioso21@gmail.com

