Mientras el señor Rafael Evaristo Morales habla por el celular, toma entre sus dedos libres la mano de su esposa. No es una simple caricia, más bien podría ser un mensaje profundo de amor. Parece decirle: estoy aquí, no me voy, estaré siempre contigo.
Habla y habla, pero el tiempo le alcanza para mirarla, pasarle la mano en sus cabellos y nuevamente retomar su mano. Doña Margarita Freites y don Rafael tiene ya 52 años de casados, siendo protagonistas de una de las más bellas historias de amor.
El, en perfectas condiciones, hombre de negocios, con 77 años. Ella afrontando las consecuencias de un derrame cerebral que la dejó con algunas imposibilidades. Los dos viven en la Residencia Geriátrica Dominicana, ubicada en Los Cacicazgos. Ella, porque a su edad y en sus condiciones necesita atención especializada, y él, porque ,aunque está bien, se ingresó seguro de que no puede vivir sin ella y asumió que en lo adelante ese sería su espacio. Ella es el amor de mi vida y el amor es lo más grande que hay, dice don Rafael, mientras la mira y recuerda para nosotros los días en que la conoció.
La vi por primera vez en el año 1957 en el barrio San Carlos, ella era elegante, bonita, vivía detrás de la iglesia y yo la veía cuando cruzaba donde una tía. Le decía: que mujer más elegante. Ella me daba las gracias.
Duraron seis meses de novios, el señor Rafael, deprimido por la muerte de su madre se fue a los Estados Unidos, pero siempre se escribían. Regresó un años después y se casaron, pues a pesar de estar lejos, nunca dejó de pensar en ella. Sobre las cosas que lo enamoraron de ella dice: su sencillez, toda su vida conmigo y nunca me exigió nada, era conforme, bella corporal y espiritualmente, madre dedicada a sus hijos y muy cariñosa en su casa. Tuvieron cinco hijos, y formaron una familia en la que como pareja tuvieron sus altas y bajas, pero nunca pasó por su mente separarse. Luego ella sufrió un derrame que hizo que él, considerando que sería mejor atendida, la llevara a los Estados Unidos e ingresara en un centro en el que la estabilizaron.
Pero el horario de ellos era muy fuerte. Yo tenía que irme a las 8:00 de la noche y regresar a las 10:00 de la mañana del dia siguiente y no resistía dejarla sola, duramos allí un año y tres meses, dijo, mientras se humedecieron sus ojos y pidió tiempo para recuperarse y seguir hablando. De Estados Unidos llegaron nuevamente al país y contactaron la Residencia Geriátrica, lugar especializado para personas de avanzada edad, y ambos pudieron ingresar y quedarse juntos. Es allí donde don Rafael, buenmozo y activo, se levanta cada mañana para asearla y cambiarle su pamper y bata. Desayunan juntos, él la lleva a caminar, cuida de que los medicamentos que le apliquen sean los adecuados y trata cada mañana de dejarla conforme pasa salir a trabajar por lo menos cinco horas. A su regreso, al abrir la puerta y verla, la abraza y besa mientras pregunta mimándola qué le han hecho a mi muchachita. Ella solo sonríe, impedida de las palabras adecuadas por su enfermedad, pero bien capaz de sentir y corresponder al que su corazón le ha confirmado que es su gran amor.
Un apunte
Sin diferencias
Ella está incapacitada, mientras él se mantiene saludable y activo.
Sin embargo lo ha dejado todo para ingresarse junto a ella y formar su hogar en un geriátrico. Sin duda lo importante son ellos mismos y no el entorno.

