Ser árbitro no es un discurso. Asumir la postura de mediar se acredita en la medida que los actores confían a plenitud en el carácter y la naturaleza imparcial de los llamados a conducirse con el equilibrio necesario.
Simular postura de imparcialidad constituye una tomadura de pelo porque el sentido común conoce las malas artes de los que, subestimando la inteligencia, presumen que los otros creen la retórica de una falsa independencia. Hasta en la pelota se conocen las señas. En ese deporte los campos están deslindados y los árbitros adquieren respetabilidad cuando llaman las jugadas despojándose de pasiones. A los strikes no se pueden cantar bola.
Los árbitros con sus llamadas y los políticos con sus palabras hipotecan sus actuaciones. No importa que los asientos sean de palcos o preferencias, existe el ojo crítico que observa los lanzamientos mañosos que hace el lanzador.
El principal problema de credibilidad se presenta cuando el árbitro pretende ayudar al bateador que no posee las mejores condiciones. Se poncha, su promedio es bajo, no lee con efectividad los lanzamientos y su valor en el mercado se redujo por una baja en su rendimiento.
Llamar al dogout a jugadores es facultad de los managers. Y el que siendo toma partido, está descalificado y corre el riesgo de que los intentos por retorcer la voluntad terminen siendo confesados por miembros del equipo asqueados por la falta de parcialidad.
Creer que cambiando de chaqueta a Landestoy terminaba su compromiso con el Licey es un fatal error. Chantajear a Alberto para firmar con un nuevo equipo, desacredita. Los árbitros, árbitros son.
Tengo la impresión que el éxito de un árbitro depende de su entereza, y es que si en un tránsito de su vida decide despojarse de su careta para aspirar a ser manager podría conducir a que muchos jugadores no crean en su nuevo rol y se abstengan de jugar con entusiasmo en el equipo.

