La política se torna aburrida en la medida que sus actores fundamentales no transfieren la indispensable cuota de magia capaz de acompañar a los hombres públicos de excepción. El ascenso del presidente Obama introdujo en la vida estadounidense ese necesario componente de traducir en realidad los sueños y aspiraciones de núcleos humanos discriminados y excluidos por largos años.
Resulta sintomático que las primeras iniciativas de la actual administración norteamericana estuvieran dirigidas a dos manifestaciones degradantes: la prisión de Guantánamo y la facultad para secuestrar y llevar a prisiones clandestinas a sospechosos de terrorismo.
Es cierto, el terrorismo representa el principal desafío de los estadounidenses. No obstante, bajo el pretexto del 11 de septiembre y el desarrollo y crecimiento de grupos radicales con la clara intención de llenar de sangre las calles se implementaron prácticas violatorias de ejes esenciales en materia de derechos humanos.
Tenemos que colocarnos en el contexto de la cultura política del hermano país del norte para comprender los riesgos para una administración que se inicia desmantelando redes de complicidad estimuladas por la lucha anti-terrorista. Esencialmente, frente a una gestión republicana que deformó el sentido de defensa al interés de la patria con la clara intención de estimular acciones deleznables.
Las señales son claras. En la Casa Blanca se inaugura una visión con mayor sentido de racionalidad y apego a principios y valores propios del siglo 21 porque uno de los elementos distintivos de una parte de la política exterior diseñada desde el año 2000 expresa una concepción de guerra fría.
Un grupo selecto de los hombres y mujeres que dirigieron el departamento de estado desde Colin Powell hasta Condelezza Rice pertenecen a toda una tradición que diseñó acciones en medio de la gran confrontación ideológica de los años 60s, 70s, 80s y principios de los 90s. Y los procesos de apertura democrática llegaron a Europa, pero las mentalidades de muchos funcionarios no sufrieron cambios sustanciales. Por eso, comportamientos y políticas públicas impropias y fatalmente erráticas.
Podría interpretarse como un entusiasmo a destiempo. Eso sí, la gestión de cancillería de los gobiernos demócratas estimulan con mayor efectividad una gama de valores acorde con las aspiraciones de América Latina. Con Hillary Clinton al frente de la política exterior estadounidense son muchas las expectativas y una profunda esperanza de mayor entendimiento de la realidad social y política de nuestros países.
Ahora bien, las primeras dos decisiones en materia de política exterior representan un gesto enaltecedor en capacidad de allanar el camino de futuras decisiones de un presidente noble, apto y de profundo compromiso.
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