Semana

Un instante en el Tetero

<P>Un instante en el Tetero</P>

Caminar sobre un valle de prodigios es hundirse en el florecimiento lustral y es flotar, incorpóreo, sobre la memoria de lo incógnito.

Al llegar al Tetero caes suavemente en su corazón, al partir cruzas sobre sus lágrimas frías como un argonauta fugaz de la vida material.

Si no te atrapa la percepción de encontrarte en otro momento del mundo, en otro ritmo causal de la vida, aquél que huele a delirio de eternidad, probablemente haz venido sin un motivo cierto y necesario.

Si no sientes el arrobo de una sinrazón lúdica habrás venido por igual en vano.

No es este un valle más de los que se tienen que andar como rutina o ejercicio de  vanidad para contarlo como una experiencia más.

Sientes la sensación de que hay unos seres invisibles que te susurran su gloria, que reclaman un silencio profundo y que con ellos puedes  recorrerte a tí mismo y ser todos los demás.

Te impregnas sólo de pisar el territorio de las altas y pardas montañas que parecen observar en una paz total el paso  satisfecho y cansado de los caminantes furtivos.

En el estupendo valle de Bao,  amplio y generoso, no aparece esa percepción tan viva y tan real e inasible.

Pero es por igual un valle mágico, poblado de una vitalidad que se debe sentir y que se debe amar.

Puedes discurrir con la quietud susurrante del pinar, las majestuosas  colinas, el cielo puro, un horizonte de nubes sosegadas y un juego intenso de deslumbramientos y de asombros tutelares. Se abre una ventana a lo incesante y lo que tiene alma y es grande.

Hay torbellinos de luz, de una perenne cosmogonía, y la visión inefable de estar y no estar en el mundo real.

Nadie olvida haber venido aquí alguna vez. Este es un encuentro esencial de la unicidad.

Hay que dejarse tocar de la pureza, recorrer la extensa sabana  como en un sueño adolescente.

El litoral de la conciencia se abruma dulcemente de ese onirismo intocado como si fuese elaborado por una deidad profunda, blanda, invisible y de una excesiva generosidad.

Aquellos seres que juzgaron sagradas las aguas, las nubes, los abetos, el águila, el cóndor, la hormiga, el ciempiés receloso, se mantienen en la verdad de las cosas, de su innumerable esencialidad.

Todo parece virgen aún después de haber sido hoyado, desguazado, vituperado por la extraña civilización del  visitante habitual. Sabe el valle recobrar su pureza y su estado natural.

Todo se renueva y todo vuelve a suceder: mañanas de rocío, tardes que se suceden en la perfección, mediodía detenido en el tiempo, transparencia, búsqueda, verdades eternas.

El Tetero es una ilusión y un sueño del que nadie quiere despertar.

 

 

El Nacional

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