POR Julio Cury
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Pocos días antes del certamen electoral del 2004, reunió a su familia para anunciarles que apenas le quedaban unos pocos miles dólares en su cuenta de banco. Vinculado al entonces candidato Leonel Fernández, les pidió a los suyos que imploraran a Dios para que se impusiera a Hipólito Mejía.
Me refiero a un individuo corriente, de clase media, sin carrera política y sin talento para ganarse ni preservar un espacio en el debate público. Para decirlo de otro modo, es un profesional esforzado que había forjado un patrimonio a expensas de su trabajo, el cual le había permitido vivir con relativa holgura, pero sin lujos o excesos.
Sin embargo, apostó a la administración pública y ganó. Durante los primeros años del cuatrienio pasado, empezó a sortear los apuros que habían empezado a pisarle los talones en el 2002. Sin estridencias ni alharacas, exhibió una prosperidad que no había alcanzado a través del dilatado ejercicio de su profesión.
Pero a partir de entonces, rompió fuente, y no ha tenido comedimiento ni vergüenza para restregarles a amigos y a extraños el meteórico ascenso económico derivado de su posición gubernamental. Hace poco tiempo que Fernando Álvarez Bogaert se quejaba de la ausencia de políticas de ahorro y del manifiesto derroche de recursos públicos. Dijo que malgastarlos era igual que sustraerlos ilícitamente, y que las pocas veces que él se permitía el lujo de ir a restaurantes, se tropezaba con funcionarios cuyos vinos y comida pagan los contribuyentes.
¡Vaya casualidad! En noches recientes, el funcionario que motiva este artículo, que ha levantado fortuna a velocidad de rayo, descorchó en un restaurante de comida española varias botellas de vino, sumando una cuenta elevadísima que pagó en efectivo. De no ofrecerse sanciones ejemplarizantes ante el evidente y muy patético deterioro moral que se observa, el día menos pensado el pueblo se agenciará los medios para producir los cambios que las autoridades no nos ofrecen.

