La globalización trajo consigo a sus jinetes denominados por la sociedad “influencers”. Son personas que cuentan con cierta credibilidad sobre un tema concreto, y por su presencia e influencia en redes sociales pueden llegar a convertirse en un prescriptor interesante para una marca.
Las redes sociales son su tarjeta de presentación. La cantidad de seguidores en estas y la sociedad al ver su popularidad los siguen como una manada de ovejas sigue a otra por un precipicio.
Mataron a los pensadores porque el acercamiento con redes sociales, los hace fáciles, les venden mentiras, una vida de lujos y algo que desear lo que toda ignorancia aspira.
Ejemplo de lo absurdo de los “influencer” es el caso de Anna Delvey, quien estafó a la alta sociedad de New York haciéndose pasar como heredera a una fortuna europea, adquiriendo “seguidores” artificiales (bots) y así logró dormir en los hoteles mas caros de New York, cenar en los mejores restaurantes y despojar a sus “amistades” sumas mínimas de US$60,000.00.
La empresa Unilever está retirando de sus nóminas a los “influencer” ya que están identificando un 20% de bots (seguidores falsos) en sus cuentas. Desenmascarando a estos falsos profetas.
Wilde, siendo homosexual y extravagante en una época donde podía pagar con la muerte, era celebrado por su genialidad literia; Borges era ciego, fue seguido por su cultura general del mundo. Platón, Sócrates y Homero eran buscados porque sus alumnos inspiraban a la sociedad a educarse.
Mientras el mundo esté dividido por el lente de una cámara y debajo de una foto una frase celebre de un autor que desconocen, el hermano mayor nos observa.

