Conocimos la obra narrativa del premio nobel yugoslavo Ivo Andric (1892-1975) en un periodo trágico (década de los 1990) durante el cual la comunidad internacional tenía los ojos fijos sobre los diversos episodios de la tragedia padecida por Yugoslavia.
En efecto las pequeñas naciones que estaban dimitiendo estruendosamente de la utopía centralista yugoslava de Broz Tito, mal unidas después de la segunda guerra mundial por el centralismo socialista, fueron hermanadas de manera autocrática, sin haber sido consultadas ¿No eran acaso todos eslavos del sur, poseedores de una lengua común, el serbo croata?
Más no fue suficiente apelar con fervor a una utopía cultural y étnica, a un tronco común eslavo, que la historia desmentiría.
Sus diferentes pueblos, en particular los bosnios de origen turco- musulmanes, los croatas y eslovenos católicos y los serbios ortodoxos recelaron con encono una unión que menoscababa grandemente la singularidad de sus pueblos.
Curiosamente el croata Tito, favoreció subrepticiamente a los serbios: Belgrado, el centro de la cultura serbia ortodoxa pasó a ser la capital de la Yugoslavia.
Ivo Andric narrador y diplomático participó activamente de ese candorosa utopía, consistente en reunir a los eslavos del sur de Europa, bajo la égida de la lengua serbio-croata, y un destino común sellado con el socialismo autogestionario.
Era una utopía que inspiraba incredulidad; en efecto la iglesia católica, ortodoxa y los musulmanes no cesaron a lo largo de siglos de lanzarse anatemas y, al salir de la segunda guerra mundial, la iglesia católica fue injustamente denostada y acusada de haber colaborado con los alemanes.
Ivo Andric, croata de ascendencia, nació en 1892 en el poblado montañoso de Dolac, cuando Bosnia Herzegovina pertenecía al intrincado y frágil Imperio austro húngaro.
Podemos afirmar que ese circunspecto narrador se alejó de sus orígenes croatas y se acercó de los Serbios, salidos con un aura de mártires de la guerra de liberación yugoslava.
Prueba de ello fue la adopción por el narrador de la escritura cirílica, próxima al alfabeto ruso, y asociada espiritualmente al cristianismo ortodoxo, para redactar sus obras en serbo croata.
Andric sería así el gran narrador de la Yugoslavia unida y también el último de sus intérpretes.
Espiritualmente el escritor ha sido anexado por la actual Serbia, única heredera de la diezmada Yugoslavia, donde su estatua se erige inconmensurable en la capital Belgrado, como para desdibujar cualquier reivindicación de parte de los bosnios y los croatas.
Este militante de la Yugoslavia unida representa sutilmente en sus narraciones el proceso histórico cultural compulsivo en el que bosnios, judíos, croatas, serbios, húngaros, forjaron su convivencia bajo los imperios, otomano y Austro húngaro, durante cinco siglos de trasiegos políticos más bien cruentos.
El jurado del comité que le otorgó el premio nobel en 1961 subrayó la fuerza épica de su obra, mas el escritor no sucumbió nunca a una estética centrada en personajes que simbolizan culturas o ideales históricos, o rivalidades entre los grupos étnicos que se enfrentaron y convivieron en los Balkanes.
En sus obras maestras del cuento como Rostros y Cuentos de la soledad entre otros, Andric fiel al decurso introspectivo de la gran novela Europea (Proust, Joyce, Thomas Mann, Svevo, etc) indaga el destino humano, dibuja la íntima desgracia de los personajes tal y como se expresa en sus rostros, que para él son paisajes del alma, ahonda en su singularidad de sujetos que viven y padecen un entorno convulso, en el obrar cotidiano.
Alude sin versar en un moralismo plañidero y de manera poética, a la incomprensión cultural y a la tentación de aislamiento de los diferentes grupos humanos.
En sus cuentos pudimos palpar un lejano aire de Juan Bosch y García Márquez cuando describe los pueblos rezagados en un tiempo yerto, y sus personajes esquivos, casi fantasmales.
El historiador de la literatura francés Robert Escarpit llamó a Andric el Tolstoi de Europa central.
Su novela cumbre El puente sobre el Drina 1945, lo subió al pedestal de los grandes narradores europeos del siglo veinte.
En este libro único, el personaje protagónico es el puente; en efecto su horizontal reciedumbre, su empedrado coronado de once arcos, situado en el poblado de Visogrado, permitiría de enlazar a Europa occidental con el oriente.
El puente es un testigo mayor, oye, observa, palpa a todos los grupos humanos que compusieron Yugoslavia. El puente no solamente deja fluir el río Drina, sino también una abigarrada retahíla de conflictos y amores obligados, de enfrentamientos y jolgorios.
Espacio de la separación de la Europa cristiana y el oriente musulmán, lugar de tránsito y ejecución de los abusos imperiales de otomanos (1550-1800) y austríacos (final siglo XIX ano 1914), el puente se erige en frágil símbolo esperanzador en el argumento narrativo: favorecer el diálogo entre pueblos y por qué no, una convivencia territorial definitiva.
Andric sin embargo no minusvaloró como ateo el peso disociador que tendrían las identidades religiosas, y la novela prefigura si hacemos una lectura atenta, la tragedia yugoslava de los años noventa.
Pudimos disfrutar la traducción francesa inmejorable de Pascale Delpeche, animadora tenaz de la amistad franco-serbia.
Y pudimos ver la edición en español en una de las librerías de la capital dominicana. Los amantes de literatura de alto vuelo deben hacer lo necesario para procurársela.

