Opinión

Un panteón para Juan Pablo

Un panteón para Juan Pablo

Difícil identificarse, entender, el alma de otra persona, retorcerse con sus dolores, respirar con su esperanza, saltar con su alegría.  He visto todos los programas del Bicentenario, he escuchado los discursos,  los bustos, las imágenes, y el discurso subyacente solo ha apelado a mi intelecto, no a mis emociones.

Es lo que acaba de suceder con el espectáculo de ballet momentos, con el cual se ha celebrado el Día Internacional de la Danza, conmemorando el Centenario de Don Pedro Mir, el Bicentenario, la Restauración y a Manolo Tavárez Justo.

Antonio Gómez es un coreógrafo brasileño que viene colaborando con Mónica Despradel en el guión y montaje de obras memorables, solo hay que recordar Cartas y Los Diez Mandamientos.  Esta vez llegó para trabajar la pieza Panteón, un monumento a Juan Pablo Duarte, y como brasileño hizo lo que todos deberíamos hacer en relación con Duarte.  Salió a la calle, los barrios y le preguntó a la gente quién era Duarte, cómo lo percibían, su pensamiento,  su biografía. 

Leyó, además, todo lo que se ha publicado sobre el prócer.  Fue al Archivo Nacional, a la Biblioteca, y se fue asombrando y conmoviendo con este prácticamente desconocido ciudadano caribeño, que nos dividió  en buenos y malos dominicanos, y  nunca aceptó que lo nombraran presidente sin un previo referendo.

El desapego de Duarte,  lo asombró aún más.  Nada material le motivaba, ningún ego (se fue a trabajar al Este enviado por la Junta de Gobierno, él, que había sido el precursor de la Independencia), vendió todos los bienes de la familia para comprar armas, vino al entierro de Mella y entendió que los mismos que estaban en el poder gracias a sus esfuerzos querían evitar por todos los medios su preeminencia.

Sé que la música de  Bach,  contribuyó a ese recogimiento, a esa desbordante ternura, pero ver a un espigado y altivo Marcos Rodríguez, representando a Duarte y a Daime del Toro a la Patria, y forcejear con ella cuando en brazos de Ramón Matias Mella, o Francisco del Rosario Sánchez, se levantaba para volver a caer, es algo indescriptible.  Pocas veces logra un ballet crear el símbolo, y eso es  lo que sucedió en Panteón, un panteón para quien no solo encarnaba la patria sino su gran ausencia.

Sobrio, digno, plásticamente insuperable, este ballet sienta un precedente en el manejo de los temas históricos casi imposible de superar.  Ver los cuerpos con forma de pájaro, tratando  de levantarse como una bandera en el suelo, y ver proyectados sobre ellos los colores rojo, azul y blanco, es poesía en movimiento.

Quizás lo que necesitamos para el despegue de la danza son esos ojos, esa otra mirada.

El Nacional

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