El personaje parece sacado de una novela gótica de la Edad Medía de Charles Maturín como, Melmoth el Errabundo o de Horace Walpole, El Castillo de Otranto, donde el terror juega un elemento fundamental. No es el horror de Edgar Allan Poe o de otros escritores del género más reciente. Este es un macarra de la moral, como lo define muy bien Joan Manuel Serrat en una canción.
El miedo viene asociado al monstruo, hombre lobo, al vampiro, el diablo, el demonio, el zombi, bruja, el infierno. Casi todos asociados a elementos mágico-religiosos, políticos e ideológicos.
El personaje en cuestión es un experto en predicar terror y horror. En advertir catástrofes que nunca se producen. De eso vive: del horror y el espanto.
Su histrionismo bien puede ser comparado con el del actor británico Boris karloff en la película de 1931, Frankenstein. O de cintas memorables como El Jorobado de Notre-Dame, El fantasma de la ópera, entre otras.
Es posible, sin embargo, que nuestro personaje no alcance el nivel de obras emblemáticas como las citadas. Se acerca más a Freddy Krueger, hombre de rostro deformado que asesina por placer. Aunque tal vez su mayor parecido, por lo menos físico, sea con Chucky, El Muñeco Diabólico.
Dicen que la realidad siempre supera la ficción.
Y el personaje que intento describir es de carne y hueso, que ha vivido asustando a los demás.
Como dice Serrat: Si no fueran tan temibles nos darían risa. Si no fueran tan dañinos nos darían lástima. Porque como los fantasmas, sin pausa y sin prisa, no son nada si les quita la sábana
Parece que nuestro personaje de horror político ha entrado en pánico porque saldrá del Palacio Nacional el año próximo. Y otra vez está advirtiendo sobre tsunamis, terremotos, hecatombes, vampiros, monstruos, hombres lobos, zombis y otros males, para que el miedo se apodere de la gente y no saque del Palacio Nacional a los verdaderos ángeles del demonio que él encarna y representa.

