Opinión

Un PRD “conservador”

Un PRD “conservador”

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Las palabras del siempre recordado, Rafael Herrera respecto de los “dones” del PRD expresaba el reconocimiento del orden histórico de una organización que había ganado galones de respetabilidad en las largas jornadas de lucha democrática. El ilustre director del periódico Listín Diario le colocó el sello distintivo al grupo que, desde el ajusticiamiento del tirano, promovió al partido blanco en todo el territorio nacional y con sus canas generaba la madurez indispensable frente a la retórica revolucionaria de la época capaz de generar intranquilidad en franjas conservadoras de la sociedad.

Eran los tiempos de la lucha armada en todo el continente y los textos de Regis Debray penetraron el corazón de los jóvenes que entendían posib1e reproducir el experimento cubano de 1959. En ese contexto, un PRD lidereado por Bosch y la emergencia de José Francisco Peña Gómez necesitó de figuras excelsas como Secundino Gil Morales, Antonio Guzmán, Manolo Fernández, José Brea Peña. Todos de reconocida tradición democrática, pero el peso especifico de sus actividades productivas garantizaron confianza para contrapesar el núcleo básico de liberales que, aliados con un amplio sector de la izquierda, hacían del partido un instrumento atractivo para los sectores liberales del país.

La coexistencia de esa diversidad favoreció la lucha del PRD Y el éxito de 1978 descansó, entre otras cosas, en la enorme lealtad que demostraron esos dirigentes históricos, llamados viejos robles, al resquebrajamiento experimentado en 1973 con la salida del profesor Juan Bosch. Una parte importante del núcleo esencial de esa dirigencia militó en el partido blanco por su origen anti-trujillista, y, salvo reconocidas excepciones, no  exhibían afanes ideo1ógicos. Su dimensión patriótica los condujo a permanecer al lado de la propuesta electoral en capacidad de conducirnos a la victoria.

Sin fascinación izquierdizante, los viejos robles estaban muy claros en su rol. Y durante   la transición democrática nunca recitaron la frase ideo1ógica del momento. Eso sí, contribuyeron con  energía a la acumulación de fuerzas para el cambio de 1978. Ellos no conducían al partido, y siempre entendieron que el partido debía conducirlos. Por eso, nadie asumía que sus ideas sumadas a la innegable contribución económica se establecerían como norma para “torcer” el rumbo del proyecto político.

El Nacional

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