El hecho de que un grupo de agentes policiales se constituyeran en turba en San Francisco de Macorís, bajo el argumento de rescatar a un compañero que se encontraba preso, con tres meses de prisión como medida de coerción, por un asesinato, no debe asombrar a esta sociedad.
Anteriormente había ocurrido un hecho similar en Samaná, pero, como la prensa no se hizo eco ni se lograron filmar vídeos, el hecho pasó desapercibido.
Pero como segunda parte nunca es buena, y la campaña electoral pasó, este hecho logró movilizar a toda la sociedad, que desde diferentes escenarios reclamaron respeto a las leyes y la decisión de los tribunales.
Los agentes policiales se comportaron como de costumbre, con acciones que están por encima del derecho de los demás e irrespetando decisiones de la Justicia. No olviden los constantes desacatos.
La podredumbre de esta sociedad no es un secreto para nadie en el país ni el extranjero, pero eso no significa que debemos callar, y aunque las medidas que se adoptaron fueron transitorias, deben tomarse acciones ejemplares y definitivas que sirvan de mensaje a oficiales y subalternos, no sólo de la Policía.
Antes del asalto, a la cárcel del Palacio de Justicia, los agentes policiales desfilaron por calles de San Francisco con armas en las manos, en lo que puede considerarse una acción intimidadora para jueces y fiscales.
Sabemos que el malestar de la Policía es de arriba abajo, y para muestra basta revisar los reportes periodísticos que señalan que en cada acción delictiva hay involucrados agentes policiales de diversos rangos.
La de San Francisco de Macorís fue una demostración más de las acciones de una institución sin credibilidad ante una sociedad que sucumbe ante la delincuencia organizada, el narcotráfico y la violencia.
No hay dudas de que este país requiere de una nueva Policía, con agentes que tengan vocación de servicio y no que procuren un arma y un uniforme para salir a delinquir. Es más, a la Policía hay que cambiarle hasta el uniforme.

