Casi siempre, al momento de las definiciones, muy pocos asumen las posiciones de valientes para salir en defensa de la sociedad. Y más cuando se habla acerca de pactos, acuerdos o reformas, sean estas sociales o fiscales.
Parece que a la mayoría de los sectores, que han de estar realmente preocupados por el destino del país, para nada les interesa lo expresado por el Gobierno; tampoco el hecho de que las iglesias hayan hecho un llamado a la cordura y a la sensatez ante la gravedad manifiesta; mucho menos si con sus decisiones negativas se colocan de espalda a la nación, abriendo la posibilidad de amanecer un día encontrándonos con un desequilibrio social o una inestabilidad económica que conduzcan al país hacia un estallido de consecuencias impredecibles.
Ellos, los que se consideran poderosos, miembros de la clase alta, hacedores de las maquinarias fundamentales para producir riquezas, lamentablemente, prefieren proteger sus intereses por encima de los intereses de la nación.
Todos sabemos que la crisis no es un juego. Que nos está apretando y que de no actuar lo más pronto posible ésta podría conducirnos hacia un callejón sin salida. Es decir, que nuestra economía podría sufrir una parálisis o estancamiento perjudicial para los planes de corte social y económico que ha diseñado el Gobierno a los fines de favorecer a la inmensa mayoría de la población.
Cada sector, de manera rabiosa y encelada, defiende lo suyo. Por un lado la oposición política, siempre terca y con ganas de que todo le salga mal al Gobierno. Por el otro, los empresarios del transportes, dignos representantes de la anarquía y del desorden, por doquier llamando a paros absurdos y provocadores.
Y atrás no se quedan los de las pequeñas, medianas y grandes empresas. Mucho menos un pedazo de la llamada sociedad civil, con los auspiciadores del cuatro por ciento (4%) para la educación a la cabeza, todos los días cuatro realizando un irracional encuentro dizque para exigir que se cumpla con lo ya prometido; pero furiosamente oponiéndose a la reforma fiscal. ¿Y entonces, de dónde rayo se sacarán los millones para cumplir con lo ya prometido?
En definitiva, aquí todos protestan. Todos desean cambios, todos abogan por mejores condiciones de vidas.

