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Una gran misión para salvar nuestra isla

Una gran misión para salvar nuestra isla

Darío Vargas

Hace mucho tiempo que poderes internacionales-decisivos en los lineamientos de la ONU- y sus activistas diseminados en nuestro país y en todas partes, así como presidentes de República Dominicana negociantes de la soberanía nacional a cambio de poder político, empresarios, comerciantes y supuestos defensores de los nacionales haitianos por diferentes conveniencias y «desvaríos», se han empeñado en dar razones para presentarnos como la solución para quitarse de encima su responsabilidad en la gran obra de destrucción que realizaron en Haití en complicidad con la oligarquía haitiana, abonando la cultura autodestructiva y primitiva de gran porción de su pueblo.

Culminan su proyecto con cerrar las puertas migratorias de todos los países a los ciudadanos haitianos, sin que esos países reciban ataques o críticas de peso de los «defensores» de Haití, mientras propician el desborde masivo de sus habitantes hacia el territorio de un país como el nuestro, con un mercado laboral tan limitado, con millones de desempleados y con estructuras de servicios que no alcanzan para los propios dominicanos.
Están probando nuestras fuerzas.

El silencio y la no resistencia son cómplices del plan que irremediablemente acabaría con la destrucción de los dos países, pasando por graves confrontaciones violentas, una inseguridad tenebrosa, pobreza extrema multiplicada y grandes migraciones de nuestra clase media capacitada y de los pobres con niveles técnicos a otros países.

Levantamos de nuevo nuestra voz para decir que si no se realiza, como hemos estado planteando, una gran misión diplomática y humanitaria debidamente preparada, tocando con el poder de la verdad -con todas sus implicaciones-, de la historia y la sabiduría para lograr el compromiso mundial de ejecutar los fundamentos de un plan maestro de desarrollo en Haití, no habrá solución para ese país y caeremos en una situación irremediablemente caótica y de violencia desenfrenada en la isla, con el desequilibrio de las Antillas, la región y el continente.

Y de igual manera afectaría a la Iglesia y su misión, por lo que incluso el Papa debería ser parte de esa gran misión diplomática y humanitaria.

Esto es urgente, así como en lo inmediato, es acelerar al máximo la construcción del muro de la paz, imprescindible para controlar la frontera dominico-haitiana.

No crea nadie que este planteamiento es exageración, como no lo han sido muchas advertencias desoídas o calificadas aviesamente. La justicia no está en hacernos víctimas a todos. Eso es crueldad de marca mayor.

El continente y el mundo occidental no tienen hoy un problema mayor que el de Haití. Y no hay ni habrá solución posible si es contra República Dominicana.

No facilitemos la gran conspiración internacional contra República Dominicana. Ciertamente somos un pequeño país acorralado por el poder mundial. ¿Quién nos defiende, sino nuestro Señor Jesucristo, el Señor de nuestra Historia? Los buenos dominicanos, decididos a defender la fundación de nuestra nacionalidad y su cultura, la obra liberadora de Juan Pablo Duarte y los trinitarios, y los prohombres que le dieron vida y esperanza, debemos levantar el alma nacional y avanzar hacia la redención de la patria sojuzgada y traicionada, con la misión de la verdad, la justicia y la paz.

Por: Darío Vargas
rd.vargas@claro.net.do

El Nacional

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