El presidente Leonel Fernández posee las garras, habilidad y olfato para reconocer que una situación económica con grandes dificultades, una gestión gubernamental que pierde el encanto y manifestaciones tempranas en procura de sustituirle crean un ambiente de intranquilidad. No hay que ser un genio y un amplio núcleo de ciudadanos puede adelantar que el escenario de mayo del 2010 podría representar una oportunidad para castigar al partido de gobierno.
Convencido de que los resultados del pasado proceso electoral marcan el renacimiento del bi-partidismo, es lógico entender que el mercado electoral dominicano, se caracterizaría por una tendencia de votos desfavorables al oficialismo que llegarían a la organización con mayor capacidad de asociar su triunfo a una derrota del PLD.
Gente del PLD sabe con certeza que, si el sentido de inteligencia y ponderación prevalece dentro del PRD, el receptor por excelencia del desagrado frente a la actual administración recaería en los candidatos y candidatas de la boleta municipal y congresional del partido blanco. Ahora bien, en la actividad política y frente a las características de los procesos electorales nadie puede olvidar que la impopularidad gubernamental posee la capacidad de comprar votos y retorcer voluntades dispuestas a castigar la opción gubernamental.
Lo que aconseja la cultura de la maniobra artera consiste en establecer y revitalizar a una fuerza política en capacidad de desviar hacia un tercer litoral el voto castigo contra el PLD. Por eso, el esfuerzo de reunificación expresado por amplios sectores del reformismo tiene de importante el constituirse en el destinatario de votos en capacidad de tener como punto final, el PRD.
El intento válido que exhiben sectores dentro del partido reformista no es malo. Por el contrario, el grave error de la organización balaguerista reside en la incapacidad que han tenido para mantener cohesionada las fuerzas conservadoras que, después de la desaparición de su líder, las figuras emergentes no han podido articular un liderazgo en capacidad de mantenerlos juntos procurando el poder. El reformismo posterior de la muerte de Joaquín Balaguer tiene gente buena, pero dos o tres habilidosos parecen disfrutar más negociando con la marca partido que estableciendo las bases de un auténtico proyecto de poder. Milito en una organización opositora y estoy convencido de la enorme fortaleza del pensamiento conservador. Y nadie puede dudar que los ejercicios de aproximación desarrollados por Leonel Fernández desde el año 1996 se orientaron con la clara intención de heredar las fuerzas de la derecha. Lograrlo ha sido un acto personal, difícilmente transferible a su partido. De ahí, una maniobra bien estructurada por el actual mandatario que tiene como destino final compactar fuerzas dispersas que serían de especial utilidad frente a eventuales dificultades en el mediano y largo plazo.
Podrán competir entre ellos, y muchos se van a creer la historia. Ahora bien, el trasfondo de la reunificación reformista tiene un diseño que no coincide con el interés de gente que con bastante buena voluntad cree posible vertebrar una organización que comenzó su fase terminal cuando el ascenso al poder de 1996 creó las bases para que muchos reformistas medios y de los sectores humildes asociaran al beneficiario del frente patriótico como el garante mantenerlos cerca de la nómina pública.
Ojalá en la oposición se tome conciencia de la jugada.
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