Hasta el 14 de mayo de 1796, cuando el cirujano inglés Edward Jenner hizo dos incisiones en el brazo izquierdo de un niño de ocho años, la viruela mataba alrededor de 400 mil personas en epidemias cada año sólo en Europa.
Este experimento del doctor Jenner y sus agudas observaciones sanitarias, significaron que 183 años después, en 1979, la Organización Mundial de la Salud declarara la viruela como una enfermedad erradicada del Planeta.
Sin embargo, los primeros escritos relacionados con la vacunación datan del siglo XI y consistía en la inoculación de costras de viruela de personas enfermas a personas sanas.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera a la potabilización del agua y a la inmunización masiva de los niños como las más rentables medidas de salud pública.
Control
Muchas enfermedades habituales en el pasado se han controlado e incluso eliminado gracias al uso de vacunas.
Es el caso de el sarampión o la varicela las cuales, a pesar de seguir afectando a la población infantil, están totalmente controladas. Sin embargo, otras muchas enfermedades están muy extendidas, son mortales y no tienen vacuna.
El ejemplo más claro es el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), conocido como síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), enfermedad que afecta a más de 30 millones de personas en todo el mundo y que provoca alrededor de dos millones de muertes cada año.
Anti-vacunas
El objetivo de la vacunación es imitar la respuesta inmune que provoca la infección natural, mediante mecanismos similares a los que ocurren en un proceso infeccioso.
En principio, la vacunación implica una intervención sobre una persona sana y, por tanto, conlleva un riesgo. Y esta idea puede resultar difícil de asumir por algunas personas.
De hecho, el movimiento anti-vacunas es casi tan antiguo como las propias vacunas. Ya en el siglo XIX médicos alemanes firmaron un manifiesto contra la vacuna de la viruela.
Hoy en día este movimiento es asumido básicamente por dos tipos de colectivos: por un lado, grupos religiosos integristas y, por otro, usuarios y profesionales de la medicina naturista.
El discurso anti-vacunas se basa en que las vacunas no son necesarias porque protegen contra enfermedades que ya apenas existen en nuestro entorno.
Ni tampoco son eficaces, ya que si las enfermedades infecciosas casi han desaparecido es porque el estado de salud de la población ha mejorado.
Algunos defienden la idea equivocada de que los riesgos que acompañan a la vacunación superan a los que causa la propia infección adquirida de forma natural, o que la inmunidad natural que logra el propio organismo cuando pasa la enfermedad, es mejor que la inmunidad artificial inducida tras la vacuna.

