Opinión

Vesania espantosa

Vesania espantosa

Los hijos matan a los padres, los nietos a los abuelos, y adolescentes y adultos a niños. Como si se tratara de una sociedad signada por el salvajismo, los crímenes se cometen con la myor frialdad y naturalidad. Y hasta por placer, como el caso de las jovencitas que confesaron participar en la muerte a cuchilladas de taxistas porque la sangre las excitaba a tener relaciones sexuales con sus parejas. Por más horrendos y corrosivos que sean los sucesos hasta una estatua se conmueve con los motivos y la muerte del niño de siete años Randy Beltrán de los Santos por parte de cinco jovencitos de 13 y 15 años de edad y otro de 18.  Por monstruosos, son episodios que demandan no sólo perseguir y condenar a los culpables, sino  examinar tanto las entrañas  como el propio modelo social. Los múltiples casos no dan lugar a los recurrentes atenuantes. El horrendo asesinato del niño, a quien golpearon con un block en la cabeza y otros objetos contundentes, exige una radiografía social. Y más cuando el crimen fue cometido por jovencitos en edad escolar con el supuesto propósito de despojar a la víctima de 300 pesos en efectivo y por envidia. Es bien tenebrosa la crisis de valores que corroe a la sociedad e incluso la inseguridad ciudadana que permea el territorio. Pero casos como la muerte del infante representan un sonoro llamado a la conciencia nacional. Por más estridente que sea, el ruido electoral no impide auscultar el palpitar de una sociedad aterrada por la saña que matiza la criminalidad. Al margen de las razones que se invocan en la comisión de crímenes escalofriantes. La víctima es el epítome de cualquier otro niño que se encontrara en su lugar y  que pudiera poseer 300 pesos o algún objeto de valor.  Esa es una de las variables que invitan a la sociedad a revisar unas entrañas de las que están saliendo o está criando monstruos. No se puede poner sordinas.

El Nacional

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