Caius Apicius
Madrid. EFE. En los tiempos en que Rudyard Kipling, primer inglés galardonado con el Premio Nobel de Literatura (1907), era el destacado cronista de la India británica, los funcionarios ingleses destinados allí, cuando era la hora de cenar, se ponían su esmoquin aunque el compatriota más cercano estuviese a 200 millas.
Vamos, que en su tienda de campaña se vestían para cenar casi como si lo hicieran en Buckingham Palace. Ellos representaban al Reino Unido, y lo hacían veinticuatro horas al día, «full time». Y, por supuesto, si ellos se ponían de gala para cenar, todo lo demás corría la misma suerte.
Quiero decir que también se vestía de gala la mesa para la cena del mensahib. Mantelería, vajilla, cubertería y cristalería debían estar a la altura que merecía el representante de la Corona. Probablemente fuese la cena en sí lo que no estuviese a esa altura, pero era algo anecdótico.
Antes, y no hace tanto tiempo, la gente se vestía según las normas de la elegancia para ir a la ópera, al teatro… y para cenar, entre otras cosas. Las formas se cuidaban muchísimo. El vestido de las mesas, también. Incluso excesivamente.
Todos hemos visto mesas que nos recuerdan aquel «éstos son mis poderes» que espetó el cardenal Cisneros, regente de Castilla, a los nobles castellanos que osaron pedirle cuentas. Solo que, en estos casos, esos «poderes» no son piezas de artillería, sino copas, vasos, cubiertos, manteles…
En aquellas cenas (o comidas, llámenlas como quieran) con elevado número de comensales sería imposible cambiar el servicio plato a plato, así que sobre el mantel se exhibían todos los platos, cubiertos y copas necesarios para todo el menú. Naturalmente, la cosa tenía consecuencias.
Todavía en tiempos no muy lejanos se enseñaba a quien temía azorarse ante la exhibición de cubertería que debía ir usando los cubiertos «de fuera adentro», así como se le explicaba qué copa correspondía a cada vino. Ya decimos: excesivo, seguramente.
Pero de eso a lo de hoy, cuando ni el comensal ni la mesa se visten… No diré nada, aunque me encantaría, de cómo procede cada cual en su casa. Pero sí de la, al parecer, imparable tendencia de los restaurantes a prescindir del atrezzo de mesa.

