Semana

Víctor Villegas la siesta perpetúa

Víctor Villegas la siesta perpetúa

Víctor Villegas vivió convencido de que  nació  en el mar y desde  entonces entre ambos se  produjo una consubstanciación.  El mismo día que  nació en el mar, el mar nació en él, se hizo  parte de él, lo  convirtió en empedernido habitante  de  isla y  le dejó el sabor de salitre en los poros y le enseñó la canción de las olas y del viento.

 Lo de su nacimiento se resume así:

“Mi madre  se daba un baño de mar, en la playa del Muerto, una  tarde de septiembre.  Abrió espléndidamente los ojos, emitió un grito asustadizo y de asombro a la vez que  corría hacia  cualquier lado una parte de su ropa.

Del cuerpo de mi  madre pendía un bebé sostenido por el  cordón  umbilical, se balanceaba como una fruta asida a la rama que agita el viento. El recién nacido rozaba las aguas  con su cabeza, como buscando autobautizarse”.

No  localizar a su hermano gemelo representó gran dolor personal para Villegas. A caso  de similar intensidad al  efecto de no haberse reencontrado con Charlotte Amalie, la niña cocola a la que hizo parir cuatrillizos y que luego los perdió de vista, o la tristeza de no recordar su primer poema, el cual escribió en el vientre de su madre.

Poesía marítima

 Villegas sintió –tal vez siente-  que  fue – o que es-  mitad  pez y mitad hombre, su  espíritu  es ardiente y su  poesía es marítima y fluvial, pues si   hubiera   duda  acerca de dónde  ocurrió su  nacimiento,  “nadie  podrá  dudar que mi infancia  transcurrió entre los olores de azúcar  y  de cangrejos, la salpicó  espuma de mar y la estremecieron alaridos de buques extranjeros.  Testigo soy de la borrachera  que acompañó  a la alegre danza de las papeletas parida, de cuando  el azúcar subió como espuma de  cerveza. Cuando el azúcar sonó sus alegres trompetas vinieron de todas partes los danzantes”.

 Su  principal preocupación, en el campo poético,  ha sido la de interpretar lo más fielmente los sentimientos populares. Tanto logró acercarse   al alma de nuestro pueblo, que alcanzó  hablar con su propio lenguaje. Su poesía ha salido de su vida, siempre ligada al mar y a la realidad social.

Cuando se  instaló  en Santo Domingo, apuñalado de nostalgia  su primer acto consistió en comunicarme con el mar. Toqué su piel de espuma y palpó su risa estallada en rocas. Aflojó el  espíritu y una parte de sus tensiones cayeron como fruta  picoteada.

Fue  muchacho ingobernable, dispuesto a meterse en todos los líos, y luego adulto contestatario, capaz de criticar la tiranía trujillista. Cuando su madre creía que andaba por un lado,  Chino, que así lo llamaban, andaba por otro.

Por la playa de Juan Dolio caminaba  con sus cofrades una vez que apareció  una ballena  en la orilla, se varó entre rocas y entorpecida por la dificultad del retorno, murió. Le habían  extirpado las vísceras, de modo que quedó  hueca y quién si no él habría de introducirse en ella.  Dentro, ya le faltaba el aire y el olor no era el más grato. Durante muchos días  algunos no le llamaron Chino, sino Jonás.

Por igual correteó detrás de los conejos gigantes que poblaban los bosques petromacorisanos antes de que la industria azucarera  los desflorara. 

“Al igual que mis amigos de infancia, yo me di mucho gusto montando los conejos gigantes”. Tras los conejos se descubrió esqueletos de los elefantes enanos.

 Pero no todo fue travesura y trabajos tan extraños como vender sangre de cerdo o alquilar un hoyo para brechar  prostitutas desnudas. Fue tempranero en el amor.  Charlotte Amalie, título de su primer libro publicado, fue también el nombre  de una chica  que destilaba el perfume de las islas caribeñas, cuyo aliento despedía  aroma de  canela  y nuez moscada.

 Ha sido de las preocupaciones que dominaron la vida del poeta. La trajo a la Capital y la sumó a la lucha contra la tiranía.  “Desde mi nuevo hábitat me resultó más fácil la participación en las acciones  contra la dictadura. Conocí nuevos amigos, me integré a las tertulias de la calle El Conde y formé parte de la Juventud Democrática.

 Abbes y la poesía

Preso por conspirar contra la dictadura, lo  mantuvieron  desnudo en un subterráneo hasta  el momento en que  lo condujeron a la oficina del coronel Abbes, quien habría expresado: “A Villegas, déjenmelo a mí, de ese me encargo yo”.

 “¡Mierda!, dije para mí, ya sí llegó la hora”.  Sacó un fólder que colocó sobre el escritorio. “Vamos a hablar de poesía –dijo- de las cosas hermosas de la vida, la poesía es para almas sensibles”.  Villegas trató de entenderlo y aceptarlo, el instinto de conservación lo aconsejaba.

A seguidas mostró unos versos de su autoría acerca de los cuales requería  opinión. Entonces era Villegas la autoridad, había que dictaminar. Leyó  aquello y  con emoción  fingida, exclamó: “Vaya, pero esto  es para leerse dos veces”. El coronel Abbes  mostró  risa en toda la  boca, no escondió la satisfacción.

  Terminada la dictadura, vinieron otras luchas. Por ejemplo, la de  1965 por el retorno a la constitucionalidad, herida por el zarpazo de 1963. “En mi casa  -dijo Villegas- se formó el primer comando de la resistencia contra la invasión de los gringos en 1965.

 De tanto afán, la  existencia  de Víctor Villegas se llenó  de vida: combinación precisa de aspiraciones, luchas, temores, triunfos, fracasos, tristezas, alegrías y después tranquilidad, el merecido sosiego de quien  no pasó por la vida, sino que militó, pues trabajó, amó, reprochó y cordializó.

 Y lo hace, incluso, desde su siesta perpetua.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación