El caso del joven muerto de un cartuchazo en el hospital central de las Fuerzas Armadas no amerita de mayores lecturas. Refleja la crispación que, todavía no se quiera aceptar, colma a amplios sectores.
Juan Pablo Rodríguez, de apenas 20 años, recibió el disparo de un soldado que controlaba la entrada al centro cuando supuestamente trató de penetrar sin autorización para ver a su padre, un exsargento del Ejército ingresado por presión alta y diabetes.
Todavía el joven se haya excedido, al margen de la desesperación por conocer el estado de salud de su padre, no es para hacerle el disparo que le costó la vida. Por sus implicaciones en una sociedad irritada por las causas que fueren, el suceso tiene que examinarse con la racionalidad que amerita.
No basta con declarar que el suceso es lamentable y con someter a la justicia al homicida, muertes tan horrendas son para auscultar los latidos de una sociedad que recurre a la violencia por los casos más insignificantes.

