El miércoles pasado, Manuel Pimentel, 30 años, dominicano residente en Puerto Rico, empleado en una gasolinera, mató a su hijita Yarelis, de 5 años, para causarle dolor a su expareja, Mindy Cortijo, con quien la había procreado, suicidándose luego.
Para agregar dramatismo, la noche del crimen, Pimentel llevó a la niña al cine y pasada la medianoche, envió un mensaje de texto a su exesposa, de quien hacía más de seis meses estaba separado, anunciándole que había matado a su hija. Mensaje que Cortijo leyó a las 8 de la mañana del día siguiente, acudiendo a la División de Violencia Doméstica de la Policía correspondiente, a querellarse.
En la escena del crimen, el cadáver de la niña estaba sobre la cama, con un disparo en la sien izquierda, a su lado, el de Pimentel, con una herida en la oreja derecha y a su costado, una nota en la que el victimario pide perdón y explica que lo hizo para que la madre de la niña sintiera el dolor de quedarse sola.
Dos cosas importantes deben mover a reflexión, por un lado, el número de feminicidios cometidos por dominicanos fuera del país, que nos refiere a considerar los índices altos de violencia en el machismo autóctono como otro rubro de exportación. Por otro lado, la necesidad de que el sistema entero de atención a la violencia contra la mujer, considere seriamente el riesgo de mantener desde la custodia hasta la patria potestad, a un hombre registrado como violento.
En el caso de Manuel Pimentel, la exesposa había acudido a la justicia, y había solicitado una orden de protección al Tribunal, la que había expirado el pasado 10 de junio y aunque estaba en proceso de solicitar una extensión de la misma, la Policía no había podido localizarlo para notificarle la citación.
Para la primera reflexión, los países recipientes consideran la violencia contra la mujer como un grave problema sociocultural y, hasta tienen este tipo de violencia como causal de estatus de residencia, para las mujeres víctimas y sobre todo en Estados Unidos, existe un número considerable de dominicanas residentes por esta causa. No existen límites para los hombres violentos que no deberían ser recibidos en otros países, al menos, cuando están registrados en la justicia como agresores.
La segunda consideración indica que un hombre identificado como violento, no debe tener ni la guarda ni la patria potestad de un hijo o hija, porque está demostrado que los masculinos violentos también pueden matar a sus hijos e hijas, víctimas que están en la línea de fuego del objeto de sus agresiones.
