El asesinato ayer a balazos en Bávaro de tres ocupantes de un camión cargado de pollos acentúa la angustia ciudadana ante un rebrote mayor de la delincuencia y criminalidad, así como de un tipo de violencia callejera que desprecia la vida humana.
Comerciantes, militares, policías y otros ciudadanos han sido asesinados por asaltantes o atracadores dentro de sus establecimientos, mientras cumplen labores de patrullajes, al salir o regresar a sus hogares.
Presuntos antisociales son abatidos en alegados intercambios de disparos con la Policía, lo que convierte barrios y vías públicas en campos de batalla entre la autoridad y la delincuencia, en los que residentes o transeúntes muchas veces figuran entre las víctimas.
A ese evidente resurgimiento de la violencia y criminalidad, se agrega el incremento de un tipo de violencia ciudadana que lleva a mucha gente a despreciar el diálogo o conciliación y en cambio dirimir los conflictos a balazos y cuchilladas.
En dos meses y nueve días se han perpetrado cuatro triple asesinatos que incluyen la muerte de seis mujeres y niños, espeluznantes sucesos que tuvieron su origen en litis por un inmueble, razones pasionales, atraco y sicariato.
Llama la atención el extendido desprecio que se tiene por la vida humana, al punto que un individuo asesina a balazos a una vecina y a su sobrina porque le molestaba el volumen de la música que se escuchaba en un colmadón, o el hombre despechado que degolló a su mujer y a dos hijos menores.
Si a la angustia que sufre la ciudadanía por los altos niveles de delincuencia y criminalidad se agrega un tipo de intolerancia y violencia doméstica y de vecindad, entonces la vida en comunidad se volverá irrespirable.
Se requiere que Gobierno, Policía, Ministerio Público y orden judicial encaminen programas de educación ciudadana, resolución de conflictos, así como de prevención y persecución de crímenes y delitos. Hay que promover cultura de paz y convivencia y aplicar régimen de consecuencias ante la delincuencia y criminalidad.

