El efecto Dinkins
NUEVA YORK.- La mayoría de los estadounidenses están dividiendo ahora mismo sus sentimientos sobre la gestión del presidente Barack Obama entre el pesimismo que al final pudiera terminar pareciéndose a la administración de Geoge W. Bush, y el optimismo de que, por el contrario, la que imite sea la del gobernante más popular después de John F. Kennedy: William Jefferson Clinton Kelly (Bill Clinton).
Si por vocación, simpatías y actitud se fuera a medir el interés del presidente Obama, no hay que escalar una montaña para concluir que quisiera terminar como Clinton -escándalo sexual aparte-y nunca como la desastrosa gestión de Bush.
Esto es más que perceptible apenas observando el equipo que gobierna con Obama, casi todos no sólo demócratas sino que de muchas maneras estuvieron vinculados al presidente Clinton.
Los norteamericanos recuerdan la época de Clinton-los Clinton, porque hay que incluir a Hillary-en la Casa Blanca, a cuya salida el país quedó en unas condiciones excelentes para que su suceder pudiera hacer un gobierno económicamente bueno, políticamente decente e internacionalmente respetado.
Sin embargo, Bush prefirió todo lo contrario. No se podía esperar más de un gobernante que tiene tan pésima opinión de la historia, tanto que cuando alguien le observó si no le preocupaba lo que dijera la historia de su gestión, salió con esta perla: Cuando eso se escriba yo ya estaré muerto.
De manera que Obama nunca querría terminar como Bush, cuya administración no sólo consumió los 450 mil millones de dólares en superávit que le dejó Clinton, sino que produjo uno de más de 600 mil millones, contabilizados antes de que explotara la burbuja inmobiliaria cuyas consecuencias contaminaron la economía global.
Esta es una quiebra que hay que anotársela a Bush y Dick Cheney, porque si bien éste era el vicepresidente, más bien era una especie de padre José de Paris respecto del Cardenal Richelieu, o sea, La eminencia gris.
El equipo republicano pudiera ser superado por cualquier presidente medianamente inteligente, razonable y sensato sólo actuando con sentido común, de no ser por el peso enorme que gravita sobre el inquilino actual de la Casa Blanca que ha tenido que dedicar sus primeros alientos a tratar de revertir la quiebra de la economía mundial que produjeron los cerebros malvados que dirigieron el país durante 8 años.
Ahora, para los neoyorquinos el temor es que Obama pudiera terminar como David Dinkins, el único alcalde negro que ha tenido la Gran Manzana, cuya gestión sencillamente bordeó el desastre, desde la enorme inseguridad que mantuvo a Nueva York como tierra de nadie, hasta la falta de respeto por ninguna norma establecida.
A partir de esa gestión, sobre todos los afroamericanos-y de pasada sobre los hispanos -que han aspirado al City Hall, ha revoloteado el efecto Dinkins que ha puesto a los votantes a pensar si vale la pena entregarle la ciudad a alguien que pudiera repetir la historia de un hombre que quizá tuvo buenas intenciones, pero que al final las víctimas fueron todos sus habitantes y la fama de una urbe que estuvo calificada entre las más inseguras y peligrosas del mundo. Y en todo, finalmente, los que cuentan son los resultados.
Por esta razón, aunque marcadamente fuera de tiempo, particularmente los neoyorquinos cruzan los dedos para que la administración Obama no solamente supere con creces la de Bush-que no sería mucho si analizamos sus resultados-sino que sea un referente a tomar en cuenta en el futuro para que pueda repetirse la historia de que un afroamericano no sólo fue el primer presidente no blanco de los Estados Unidos, sino que hizo una gestión exitosa que sirve de referente para que otros de sus mismas condiciones puedan emularle en el futuro.
Y así desaparecer el efecto Dinkins o el Dinkins Syndrome que ha cerrado las puertas de la alcaldía de Nueva York a los negros y a los hispanos que han querido dirigirla.
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