Digo sin ninguna duda que pocos comunicadores de mi generación-la intermedia que ya mencioné-, pueden afirmar con orgullo haber pasado por las manos de tres de los mejores directores de diarios que ha tenido este país en toda la historia del periodismo.
Y me refiero al doctor Germán Emilio Ornes, Mario-Cuchito-Álvarez Dugan y Radhamés Gómez Pepín, este último todavía felizmente entre nosotros y dirigiendo El Nacional con el mismo equilibrio, responsabilidad y solidaridad de siempre.
(Es bueno aclarar que el juicio de valor que antecede obedece a mi propia experiencia, sin menoscabo de los demás brillantes periodistas que han dirigido-o dirigen aún-nuestros diarios).
Sin embargo, la proliferación de medios audiovisuales y electrónicos ha dado lugar al ejercicio de un periodismo penosamente irresponsable y desaprensivo, donde lo ético carece de interés, la honra ajena es una mercancía devaluada, el derecho a la justa fama está escrito en una lengua muerta y la réplica es una basura.
Muchos de quienes ejercen ese tipo de periodismo todavía no alcanzan a medir el daño que le hacen a este oficio, pues llegará el día en que la población verá, escuchará o leerá esos medios más por morbosidad que por interés a una real información.
Y lo peor de todo: ahora mismo mucha gente cuando ve ciertos reportajes se pregunta, como dirían los investigadores policíacos ¿a quién beneficia el crimen?.

