Avanzábamos lentamente por estrechos y sinuosos caminos bordeando una naturaleza exuberante. Todo era verde y de un límpido azul, en esa isla-mariposa, que se llama Guadalupe. A veces, por la izquierda, reaparecía el mar, extraño y calmo mar de azul metálico, como imagino los ojos de Saint John Perse en una última foto, después que la poesía se impusiera sobre la mirada del amo.
Insiste la guía, con sus improvisadas traductoras, en contarnos sobre el niño que se fue a los doce años a un exilio del cual nunca regresó, aunque en su adultez visitara islas aledañas como Santa Lucía, y a cada comentario biográfico añadía la coletilla de que Perse se fue al exilio, al luminoso exilio de sus poemas (ese niño de 12 años), como si ese niño pudiera decidir, en esos tiempos, armar sus maletas y partir para Francia. Y como si ese irremediable subrayar su decisión de no volver le hubiera asestado un golpe a la dignidad de los altivos guadalupeños.
Y de momento el espacio se acerca, el verde de jardines que no miras te agarra el iris, las pestañas. Se te meten inflándote la piel, con una euforia rosa las buganvilias, duele sin doler el aire, y la caña, el verde con que corta inexpertas manos, el filo con que se venga del dulce que le extraen, se suaviza en un mar de pana, para que jueguen los niños, para que se adorne el poblado y todo el azul descienda, todo el rosa de las buganvillas, y el violeta de la muerte aparente de la tarde, anuncie que estás al borde de lo inédito
Nos estamos aproximando a la habitación Bois-Debout, en Capesterre Belle-Eau, donde vivió Alexis Saint Leger, conocido como el poeta Saint John Perse, y transitamos por una larga alameda franqueada por dos hileras de caña. Pasamos por el frente de una casa majestuosa y seguimos hacia las ruinas de piedra de lo que fuera el ingenio original, hoy cubiertas de helechos y musgo, próximo a la nueva sala de máquinas porque en la propiedad sigue funcionando un ingenio.
¡La casa! Al verla entendí los versos de Saint John Perse, porque está perfectamente ubicada frente a la Isla Galante. Entusiasmados, avanzamos todos hacia esa casa. Digo todos, excepto Blas Jiménez, porque su memoria de hombre negro y consciente le hacía escuchar los gritos de los esclavos en el cañaveral aledaño, entre los gigantescos helechos del jardín.
Yo quisiera entrar a la casa, porque nada puede mi memoria sin el olor para reconstruir mi propia infancia, y ubicarme en los zapatos de un niño de doce años que, como yo, observaba como cortejaba el viento las aceras con diminutas flores rosa; y sabía de un olor, de ciertos balcones, de ciertos zaguanes donde a ciertas horas, fugaz lo único- transgrede. Un niño de doce años que, como yo, intuía que no se puede definir lo que define.

