Opinión

Vivencias cotidianas de allí y aqui

<P>Vivencias cotidianas de allí y aqui</P>

 Este es uno de los grandes retos que nos impone la vida pues resulta muy difícil aceptar a los demás cuando su comportamiento no se ajusta a nuestro modo de pensar y de sentir. Pero, como también es una elección, el poder llegar a ello supone un auténtico camino a la plena libertad personal.

Sin embargo hay que tener la precaución de no caer en una mentira que nos perjudique. Cuando uno sienta que, para mantener el cariño de otra persona, tiene que renunciar a su esencia, e incluso rogar y sufrir innecesariamente, es mejor retirarse a tiempo

. Habría que meditar sobre el hecho de si se quiere a esa persona, en concreto, o a un ídolo forjado en nuestra mente. Para poder amar a los demás, tenemos que aprender a amarnos a nosotros mismos, sin caer en el egoísmo, algo muy diferente al auténtico amor.

El aceptar a los demás no implica el entregarles nuestro Poder Superior. Cuando tomamos las riendas de nuestra vida, impidiendo que nos afecte lo que el otro sienta, piense o haga, recibimos una gran lección que, aunque en un principio pueda resultar dolorosa, después nos resultará muy beneficiosa. Esto lo voy aprendiendo poco a poco pero no siempre lo consigo.

Necesita mucha práctica y fuerza de voluntad. Pero, a través de mis experiencias, me he dado cuenta, cada vez con más frecuencia de que, cuando mi forma de sentirme, mi buen o mal humor, depende de otra persona, le estoy entregando ese inmenso Poder Superior de mi espíritu.

En términos generales, es nuestro deseo de querer mantener todo bajo control lo que  realmente nos afecta. Y, obviamente, cuando alguien no responde a ese “control”, nos sentimos vulnerables, con las consecuencias que eso conlleva, y culpamos al otro por no ser como esperamos.

Es, por lo tanto, muy importante el que entendamos que nuestro personal sistema de valores no es una regla que rige ni tiene que “gobernar” al resto de los seres humanos. Lo realmente trascendental es que seamos coherentes con lo que creemos y dejar que los demás actúen del mismo modo y se rijan por su propia escala de valores.

Sería bueno también el saber agradecer las diferencias existentes entre las personas ya que, de ese modo, podemos compararlas y aprender de ellas. El cegarnos, que es lo que se suele hacer cuando comienza cualquier relación, no nos conduce a nada. Hay que intentar que “el amor no sea ciego”, en ningún caso.

Eso significa el aceptar, aunque no nos guste, sin intentar modificar, ni manipular a nadie. Ese es el afecto auténtico; aquel que reconoce la luz del otro aun conociendo su “parte oscura” y que, a pesar de ello, a pesar de no comulgar con sus ideas, se mantiene firme dentro de nuestra alma. El amor verdadero no es ciego, al contrario, y nunca nos “fallará”.

El Nacional

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