Opinión

Vivencias que enseñan

Vivencias que enseñan

Expliqué hace algunas semanas cuando comencé con Las Vivencias, que  no van a resultar tan ricas como las  que publicó el brillante intelectual Federico Henríquez Grateraux, según confesó recientemente, exprimiendo una obra  titulada El Retorno a la Antigüedad, de Robert D. Kaplan en 14 artículos. Gocé la original confesión de este recio intelectual, porque es de los grandes culturalmente probados desperdiciados o  marginados cuando necesitamos tanto ese tipo de líderes  en la educación y la propia moral ciudadana.

Cuando fui canciller, en 1991-1994, recibí una  invitación  del gobierno de la Taiwán (1992). Cultivé allí incomparables experiencias. A pesar de su limitada geografía, solo las dos terceras parte de la nuestra, Taiwán es original y  montañosa y en Portugués  Formosa  significa bonita Isla que se encuentra en la costa de China Continental en el Océano Pacífico. Está considerada como uno de los nuevos países industrializados, con un PIB de más de US$810.00 millones.

Nos recibieron con honores y nos hospedaron en el hotel, donde reciben los dignatarios. El programa  oficial  incluyó  visita al monumento de Chiang Kai-Sek y visitas a los diferentes ministerios. En Relaciones Exteriores fui condecorado.  Lo principal fue la especial entrevista con su Primer Ministro, Zhu Rongji, donde llevamos la intención de nuestro país y del presidente Joaquín Balaguer, y formulamos recíprocos deseos de lo mejor para ambos países, lo cual se ha mantenido hasta hoy.  Hubo una parte impresionante cuando nos enseñaron el interior vía aérea, contemplando las montañas de la segunda ciudad en importancia, Kaohsiung, y otros como la tremenda fábrica de  barcos. Retorné repleto de colores ambientales, con el verdor de sus arrozales, flores y vegetación, por tierra, concluyendo que cómo era posible ver tantas cosas en apenas días, incluyendo un viaje  con escalas, atenciones para jamás olvidar, inclusive con exquisito protocolo.

Pero nunca falta un pelo en un sancocho. Regresando, en la escala California, un rayo estremeció el avión que hasta mi esposa, que no le teme ni a la muerte, brincó de su asiento. Nos hospedamos en el  hotel señalado por los anfitriones, y cuando nos proponíamos ver  lo principal turístico en California, mi esposa dice: “Necesito una ducha fría de pies a cabeza”. Al poco rato suena la alarma y un grito histérico de una dama que corría por los pasillos: ¡Fuego,  fuego! Hombre al fin,  tomo aquello con cierta frialdad, pero mi esposa salió corriendo del baño casi en paños menores. Ahí razoné mejor la forma  de Balaguer de no utilizar equipos de guardaespaldas ni relacionadores públicos en viajes para economizar dólares; y más que a veces es mejor cierta soledad…

Dios, finalmente, ayuda al humilde, dicen las sagradas escrituras…

El Nacional

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