Vladimir Guerrero, acompañado por los dos primeros inmortales dominicanos en Cooperstown, Pedro Martínez, izquierda y Juan Marichal.
Vladimir Guerrero no será el mejor pelotero de la historia que ingresa al Salón de la Fama del Béisbol, pero sí el más humilde y sencillo de todos los que hasta ahora tienen un nicho en Cooperstown.
El hombre que se mantuvo por más de tres lustros en las Grandes Ligas aferrado al sazón de la comida dominicana, a sus hábitos campechanos, y al idioma español en que hablará hoy en la ceremonia de exaltación, no tendrá que hacer mucho esfuerzo para reflejar esas condiciones como personaje que desdeña los placeres de la vida mundana y ha renunciado a los oropeles terrenales.
Siguiendo los pasos de dos rutilantes compatriotas –Juan Marichal y Pedro Martínez- que se hicieron famosos por las serpentinas y las bolas humeantes que dispararon desde el montículo, Vladimir se une al templo donde sólo se admiten a las grandes estrellas del juego que ganaron ovaciones por su desempeño dentro y fuera de las líneas blancas.
Guerrero, el jardinero derecho que en su carrera exhibió un brazo de cañón, junto a un hábito hambriento en el plato que lo indujo a perseguir con éxito el alimento servido por los lanzadores rivales, fue hombre de pocas palabras que siempre dejó que su bate hablara en su nombre.
Hoy las cifras de un promedio de .318 con 2,590 hits, 449 jonrones y 1,496 carreras empujadas no serán suficientes y el hombre que manejó el madero con manos desnudas, ocupará la tribuna como un orador de verbo escaso y desbordante sinceridad.
“La Tormenta de Don Gregorio”, como lo bautizó el genio creativo del periodista Bienvenido Rojas, no deleitará a la audiencia con su discurso sino con la bonhomía que exuda en cada una de sus actuaciones y la candidez de sus expresiones.
Fue con ese tipo de conducta como ganó el aprecio de compañeros y oponentes en sus días de brillo deportivo y es así como ha conquistado el corazón de sus compatriotas dominicanos que aprecian su solidaridad con la comunidad en la que nació, creció y aún tiene morada.
Guerrero, quien tuvo 10 temporadas de 100 o más carreras empujadas y en una de ellas quedó corto por un cuadrangular de convertirse en un miembro del grupo de 40 jonrones y 40 robos, fue el Jugador Más Valioso de la Liga Americana en 2004, ganó 8 Bates de Plata y fue electo 9 veces al Juego de Estrellas.
Dueño de un slugging de por vida de .553 y un OPS de .931, Guerrero tiene credenciales y méritos de sobra para que las puertas del Salón de la Fama les sean franqueadas y su placa sea colocada con la descripción de las estadísticas que acumuló en 16 años de hablar tranquilo y madero travieso.
