Opinión

Voces y ecos

Voces y ecos

Era lunes bien de mañana. La gente llegaba a la avenida de la Salud, bordeante  del  parque Mirador del Sur, y no encontraba cómo empezar a ejercitarse. Desde el punto inicial de la vía, un horroroso panorama agredía la vista y la conciencia. Alguien lo comparó con  los estragos    de un huracán. El fin de un huracán.

Los  dominicanos –como los demás caribeños-  tenemos  bien marcados los recuerdos  del paso devastador de estos fenómenos.  Y nos asusta su solo anuncio.  Pero lo que había ocurrido  el día anterior en el Mirador fue un acontecimiento feliz. Un maratón deportivo, con toda la fuerza  de un   huracán para arrojar desperdicios.

Ese lunes, por la mañana, todavía quedaban  las barreras  metálicas que dificultaban el acceso a los usuarios de un gimnasio público. Montañas de basura  se burlaban de los ciudadanos  que no podían más que indignarse. Y enterarse –eso sí- de que lo que  allí hubo el día anterior  demandó mucha fuerza, toda la fuerza.

Quintales de basura: cartones, botellas vacías, ya de agua, ya de cerveza o ya del producto que patrocinaba el maratón, una bebida entre refrescante y alimenticia.  Un viejo recogía botellas de cristal para  por un rato aliviar su penuria económica.  A nadie interesaban las miles de funditas  y cajas   en las que se bebió agua o jugo, tiradas por doquier.

Un muchacho recogía  en cubetas  bolsitas de agua,  presuntamente potable, que fueron dejadas sobre la isleta.  Más tarde las vendería sin que ningún adquiriente se enterase de la procedencia del “preciado líquido”. El autor de esta columna  transitaba saltando desperdicios y captando  la irritación  de los caminantes.

 Un abogado  -Cristóbal Pérez Siragusa-  se  acerca  y dice: “Hay que escribir sobre esto”. Una dama –dueña de un hotel en la Capital –  me abordó sin saber que soy periodista para expresar: “A alguien tengo que  decirlo, esto es un gran abuso”. Y siguió su caminata entre escombros. Entre basura esparcida, entre basura amontonada.

Cuántas contradicciones. El lugar se denomina pomposamente “Avenida de la Salud”.  Una empresa presta el nombre de su  producto  para  propagar suciedad.  El gobierno municipal coloca un rótulo  en el que aparece también el nombre de la bebida  patrocinadora y el magnífico lema: “Ciudad limpia orgullo de todos”.   ¿Una burla?

Toda la fuerza fue empleada para organizar el maratón y para  copar de  desperdicios aquella  bella porción de ciudad. Entristece que no  siempre  la gente se   percate  de que algo más importante que la fuerza es la decencia. La hazaña del domingo 23 en el Mirador  pudo  demostrar  mucha fuerza.  Pero faltó decencia, toda la decencia.

El Nacional

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