Opinión

Voces y ecos

Voces y ecos

Las parroquias Domingo Savio, de Los Guandules, y San Martín de Porres, de Guachupita, realizaron  recientemente  una caminata para protestar contra  la delincuencia y contra  el  ruido, entre otros males. Exhibieron  pancartas y lanzaron consignas para   reclamar de  las autoridades intervenir para que sus moradores puedan vivir en paz.

 Esto ocurrió el Día de Las Mercedes  y el párroco  Pablo Mella,  de Guachupita, dijo que el barrio está cansado de tanto ruido y delincuencia. “Esperamos que se rompan las cadenas del ruido violento, para que puedan escuchar los gritos de silencio de tantas madres e hijos de la comunidad, que están cansadas de aguantar maltrato físico y verbal”,  expresó el padre Mella, según reseñó la prensa.

 Santo Domingo vive en este momento la designación de Capital Americana de la Cultura. Pero debe ser la “capital universal del ruido”. En un país donde la abundancia de basura en la vía pública  resulta visible por todos,  la contaminación por ruido parece que  la supera. Que es mucho decir.

 Somos un país de gente ruidosa, y como las autoridades son también de aquí,  eso lo encuentran como un hecho natural, quizá propio de nuestra idiosincrasia. Incluso, los dirigentes políticos promueven sus aspiraciones a los cargos públicos con ruido. Llevan a los barrios enormes altoparlantes para repetir consignas y ruido disfrazado de música. Contratan combos ruidosos.

 No hay ruido benigno. Resulta  una redundancia hablar de ruido desagradable. Si de eso se trata, un sonido desagradable y desarticulado, que ofende al oído. Tanto, que produce sordera y efectos  nocivos en el sistema nervioso. No obstante, vivimos rodeados de ruidos: el estudiante, el anciano de salud delicada, el recién nacido, quienes aspirar a leer, orar o escuchar música están condenados  a soportar ruidos frecuentes en su entorno.

 La persona sometida a este castigo  asume indisposición  para las relaciones sociales, para el trabajo, para el disfrute de la vida. Pierde calidad de vida. Uno de los frutos de la educación  consiste en desarrollar en el individuo la capacidad de vivir junto a otros. Si a los dominicanos nos evaluaran con este parámetro, el resultado sería  muy negativo. Nuestra capacidad en tal sentido es mínima.

La forma en que escuchan aparatos eléctricos, la disposición a producir ruidos con vehículos y el desarrollo de esa plaga llamada colmadón son demostración de ello. A lo cual se agregan las plantas eléctricas, las motocicletas  sin silenciador. Algunas personas ignoran que el ruido que produce su perro  molesta a su vecino.

La emisión de ruidos está regulada por leyes y normas municipales, pero los ciudadanos no hacemos lo suficiente para que se cumplan ni quienes juraron “cumplir y hacer cumplir” las leyes, tampoco.  Pero no se puede quedar uno así. Estamos sobrepasados  de ruido.

El Nacional

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