Opinión

VOCES Y ECOS

VOCES Y ECOS

Juan Pablo Duarte  no es un  hombre del pasado que soñó con una patria libre.  No es un óleo  colgado sobre la pared de una oficina pública. Tampoco es un trozo de bronce trabajado por un escultor.   Duarte es una doctrina  política plena de vigencia y buen sentido.  Son de valor actual sus ideas sobre nación,  soberanía y del bienestar del pueblo. 

La República Dominicana  conmemora este 2013 los doscientos años del nacimiento de Duarte,  figura principal de nuestra Independencia, la que se proclamó el 27 de febrero de 1844 para separarnos de Haití, país que invadió nuestro territorio en 1822, tras el primer intento  separatista, aquella vez frente a España.

Hay quienes  encuentran tanta actualidad en los dichos de Duarte, que hasta dudan   que algunas   frases  de su ideario  hayan sido expresadas por él. Así es la  permanencia de las ideas duartianas. El énfasis se ha puesto en su imagen y todos asociamos la efigie de aquel hombre de  melena rubia, precozmente envejecido,  con el fundador de la República.

 Pero más que un ícono, más que un apóstol, más que un Cristo, más que un patricio, Duarte es una doctrina revolucionaria aplicable a todos los aspectos del quehacer público nacional.  Ante todo para infundir  decencia en nuestra vida política. El decoro  es una de las más sentidas carencias del ejercicio   político dominicano.

El  bicentenario   podrá servir para muchas cosas. Por ejemplo, la mejoría del estatus económico de algunos, gracias al presupuesto destinado a las celebraciones. ¿Qué pasará con  las ideas  políticas de Duarte? A lo mejor el programa de divulgación contribuya al conocimiento de lo más importante del padre de la Patria: su pensamiento.

Con frecuencia se oye  decir que la política es una actividad sucia. Duarte, en cambio,   consideraba que es la ciencia más pura después de la filosofía y la “más digna de ocupar las inteligencias nobles”. Entonces, ¿quién hace de la política un muladar? Los políticos que   se apropian descaradamente  de los fondos públicos  y traicionan la confianza del pueblo.

Malversar  recursos  públicos o destinarlos a obras que  sirven  de poco al pueblo es una traición. En el pensar  de Duarte no escarmentar a los “traidores como se debe” conlleva que “los buenos dominicanos sean víctimas de sus maquinaciones”. Y ahí está la razón por la que impera tanto desorden y corrupción en la vida dominicana.

El pensamiento duartiano es un proscrito. Primero  lo fue  él, cuando recién fundada la República, el presidente Pedro Santana lo expulsó del país.  Comenzaba el predominio  de las ideas conservadoras que han prevalecido  hasta ahora. Es de rigor  que esto cambie para bien. Tiempo es de traer la doctrina  del proscrito.

El Nacional

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