El degüello de Moca (1)
Quien se proponga escribir una novela histórica, si se toma en cuenta el contenido que envuelve este adjetivo, asume, a mi modo de ver, uno de los retos más riesgosos en los que pueda incurrir un escritor. Digo esto porque la historia es una ciencia, y como tal demanda rigor en el tratamiento de sus asuntos. La primera exigencia de la historia consiste en que los sucesos narrados se apeguen a la verdad y que quien los ha trabajado disponga de pruebas documentales.
Desde sus inicios hasta hoy, la novela se ha valido mayormente de hechos ficticios, aunque personajes y anécdotas tengan sus modelos en la realidad. Pienso que el trabajo más cómodo para un novelista es el de crear sus obras a partir de realidades que podrán ser moldeadas a conveniencia del creador.
Visto así, el trabajo del novelista es comparable al del escultor, pues este artista toma un trozo de metal, de piedra o de madera y lo somete a su soberano poder creativo para entregarlo convertido en una obra de arte, en muchos casos capaz de perpetuarse en el tiempo.
El novelista trabaja cómodamente cuando utiliza materiales históricos para novelarlos, con la consiguiente inclusión de los recursos que la técnica de escribir le facilita. De este modo, se obtiene una obra de ficción en la que se ha recreado un acontecimiento histórico, e intervienen personajes con las características de personas reales, mencionados generalmente con nombres fingidos.
El reto de escribir una novela histórica arrastra el riesgo de que los historiadores, poseídos del celo por la verdad auténtica, la descalifiquen para esa categoría. Sin embargo, la novela así tratada habrá de contar con otras fuerzas para sostenerse, porque al fin y al cabo, se trata de una obra literaria que por más apegada a los hechos reales que esté, debe satisfacer el principio primordial en toda obra de arte: provocar el goce estético.
La novela El degüello de Moca ha partido de un suceso tenido por real, ocurrido en esa localidad en los inicios del siglo XIX, y es obvio que me refiero a la particular agresión a esa villa durante la invasión haitiana al territorio donde cuatro décadas después se fundaría la República Dominicana.
En enero de 1804 la parte occidental de la isla de Santo Domingo se había constituido en una nación independiente –Haití-, luego que triunfara una rebelión de esclavos dirigida por Jean Jacques Dessalines. Proclamado emperador, el jefe haitiano decidió, en 1805, invadir la parte oriental de la isla, que era dominio español, impulsado por el rechazo a la esclavitud y el odio racial. Seguiremos.

