Estuve ahí, vi y sufrí lleno de miedo y espanto, el brutal crimen. Habíamos muchos llenos de horror, sintiendo sortear sobre nuestras cabezas la guadaña de la muerte. Corríamos en todas direcciones llenos de pánico.
Yo escuchaba, en medio de estruendosos estallidos de bombas y silbidos de tiros de ametralladoras y modernos fusiles, una voz que ordenaba, como ángel salvador: -¡A la rectoría, compañeros! ¡A la rectoría!
Apenas ese día había acudido a inscribirme en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) para cursar estudios de comunicación.
La mañana estaba tranquila cuando activistas estudiantiles comenzaron a vociferar: ¡compañeros, compañeros, nuestra universidad está siendo ocupada! ¡No seamos indiferentes, vamos a defender el fuero universitario!
Comenzaron las consignas ¡Defendamos nuestra universidad; defendamos nuestra universidad! Seguimos indiferentes y Manolo, que no era muy afecto a los movimientos estudiantiles, se quejaba de que estos activistas comenzaran a agitar sin siquiera haber comenzado la docencia.
Creíamos que era una protesta estudiantil más.
Son unas partidas de vagos, vienen a perder el tiempo, uno viene de muy lejos a estudiar para perder el tiempo con protestas, parecía rezongar Manolo. Yo que tenía experiencia en el movimiento estudiantil, observaba la forma agitada con que los activistas de los grupos Fragua, Felabel, FUSD y otros de la UASD trataban de convencernos de que saliéramos a defender el recinto universitario.
A regañadientes Manolo asintió a que fuéramos a integrarnos a una ya larga fila de estudiantes que marchaba, ingenua y valerosa, cantando los himnos patrios Llegaron llenos de patriotismo, enarbolando su noble ideal y con su sangre noble 14 de Junio, gloriosa gesta nacional, su mártires están en el alma popular Quisqueyanos valientes alcemos, nuestro canto con viva emoción
La Marcha
Sin darnos cuenta marchábamos hacia una segura inmolación.
Entonábamos el himno de la gesta de abril cuando apareció el rector magnífico de la UASD, don Jottin Cury, y se hincó frente a la fila de estudiantes y comenzó a implorar: ¡Bachilleres, deténganse, esta es la lucha de la fuerza bruta contra la inteligencia! ¡Bachilleres!, ¡Bachilleres!….Los estudiantes continuábamos entonando el himno de la Guerra Patria, aquella que ha inmortalizado al ícono de nuestra dignidad Francisco Alberto Caamaño Deñó.
La Guerra de Abril estaba entonces muy fresca en la mente de muchos dominicanos, especialmente del movimiento de izquierda y del frente estudiantil. La Guerra de Abril era el camino, Patria o Muerte, vencer o morir.
Las tropas policiales llegaban por diferentes flancos de la zona universitaria.
Las bombas
Los policías que estaban apostados con metralletas y fusiles de guerra, hacían piruetas militares y saltaban de un árbol a otro, siempre detrás de los árboles, ubicados en posiciones de ataque. Los estudiantes apenas teníamos el canto ingenuo, la militancia en el honor y los valores patrios.
Un joven, pero alto y fornido estudiante, evidentemente un líder estudiantil del que nunca llegué a saber su nombre, se paró frente a los estudiantes, junto al rector, le dio la razón a Cury y nos arengó para que retornáramos a la Alma Máter.
Asentimos y comenzamos a regresar cantando los himnos del 14 de Junio y el de la Guerra de Abril cuando estallaron estruendosas bombas, seguidas de tableteos de ametralladoras y fusiles.
Oía sórdidos impactos de balas en las columnas del edificio universitario.
Nos tiramos al piso y avanzamos planchados al pavimento. Seguía escuchando golpes secos de balas que impactaban las columnas centrales (entre el edificio de la rectoría y el de la oficina de administración).
Las horas siguientes fueron de confusión, pero al caer la tarde la Policía tomó el control de la UASD, muchos fuimos apresados. Y la mayoría despachado esa noche o en la mañana siguiente.
A mí me llevaron a un cuarto donde no cabía más nadie.
Le dije al policía que no podía entrar allí y entonces dijo, ¿Cómo que no? ¿Vamos a ver si no cabe? y me dio un empujón que me llevó casi al centro de esta aglomeración humana. Solo escuchaba gritos y lamentos de otros compañeros allí apiñados y que atropellaba con mi cuerpo impulsado por el violento empujón.
Al otro día, después de dormir un rato, supe la infausta noticia de que Sagrario había sido mortalmente herida y desde entonces medito y pienso que estuve ahí, que fui testigo de este brutal e innecesario crimen.
El alegato del gobierno de Balaguer, de las Fuerzas Armadas y de la Policía entonces, era que buscaban a Tácito Leopoldo Perdomo Robles, quien en ese momento se encontrada en la Zona Colonial
Yo estaba ahí y fui testigo involuntario de un crimen que no debió ocurrir y que no olvidaré jamás.

