Opinión

Yzaguirre, ¡quiéranos más!

Yzaguirre, ¡quiéranos más!

Distinguido señor embajador de Estados Unidos: 

Es evidente que usted ha llegado con algunos prejuicios sobre el trato que dispensan los dominicanos a los nacionales haitianos que se han cruzado a vivir, sin ningún registro, en la parte de la isla que compete de manera exclusiva a la soberanía de la República Dominicana, hecho que representa el más grave de los problemas que tiene afrontar la nación dominicana.

Esta no es para nada una experiencia similar a la que usted ha vivido, en su trayectoria como presidente del Consejo Nacional de la Raza, ni de sus luchas en otras entidades de defensa a los hispanos residentes en los Estados Unidos,  aquí no se vive la negativa de derechos por prejuicios raciales. Lo que está en juego es mantener a flote el Estado dominicano.

 Llevamos ochenta años tratando de aplicar una ley de migración  que nos permita concretar una aspiración de todo país soberano: el control de su territorio, pero, cuando lo intentamos por primera vez, en 1932, la legación diplomática que usted ahora representa presionó para que esa ley no se aplicara en protección de la mano de obra barata de la que se servían los centrales azucareros estadounidenses que operaban en nuestro país.

Había otro factor que no se expresaba, pero del que uno se  percata a leer actores del proceso de la época como Sumner Welles: Estados Unidos estaba en la etapa final de su prolongada intervención militar en Haití, concluida en 1934, diez año después de la desocupación de Santo Domingo, y era clara la idea de que ustedes percibían que a diferencia de los dominicanos, Haití no sería autogobernable, por lo que siempre han procurado que República Dominicana asuma parte de la carga. La masacre  de 1937, no habría tenido cabida si hubiésemos podido aplicar la ley.

En 1939, procuramos de nuevo enfrentar la inmigración ilegal con un instrumento jurídico, que por igual padeció las mismas mediatizaciones, de ahí saltamos hasta el 15 de agosto del 2004, fecha desde la cual andamos dando tumbos de nuevo por la aplicación de la Ley General de Migración, la 285-04.

Su país está más endeudado históricamente que lo que reconoce, con esa comunidad de bucaneros y filibusteros que por accidente acabó convertida en país, gracias a la exportación masiva de esclavos que ustedes motivaron a traer para abastecerse de azúcar y de melaza en el período en el que libraban su guerra de independencia, y fueron lo que pusieron en manos de ellos las armas con la que se enfrentaron a Francia y con lo que se proclamaron la segunda república independiente de América.

Como usted sabe, somos un país en el que muchos nacionales se ven en la obligación de terminar en la boca de los tiburones, tratando de alcanzar una mejor vida. Tenemos graves deficiencias, como usted mismo se ha percatado en el sistema educativo, y los empleos que genera la economía  benefician poco la mano de obra dominicana.

 No hay ni la cantidad de aulas, ni de cama en los hospitales, ni de viviendas para los dominicanos, y todas esas carencias se tornan peores cuando se le suma la demanda de cientos de miles de haitianos, que viven hacinados no porque aquí se les maltrate, sino porque un país pobre lo único que puede compartir con un vecino más pobre es su pobreza.

El dominicano no aspira a que se expulse del país la mano de obra haitiana que sea necesaria, el dominicano lo que quiere es un país que le pertenezca, procurar eso no implica violar derechos humanos. Quiérenos más, señor embajador, y permítanos defender un patrimonio que nos ha sido legado por el sacrificio invaluable de nuestros próceres: la dominicanidad.

El Nacional

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