Jimmy Carter demostró durante su gobierno ser un gran humanista y hombre que practica sus convicciones cristianas, a tal punto que el propio Fidel Castro lo respeta y distingue, al revelar que sólo en su gestión, 1976-1980, no se conspiró contra su vida, aunque agrega no tener prueba de que durante el mandato de Bill Clinton (1992-2000) se haya planificado su muerte.
Fue durante la administración Carter que Don Antonio Guzmán ascendió al poder en 1978 y que los sandinistas (en 1979) derrocaron a Anastasio Somoza, dictador nicaraguense, y se produjeron múltiples aperturas democráticas en el continente. Esas aperturas no eran posibles con Nixon ni Ford.
¿Qué pasó con Carter? No pudo reelegirse en 1980, siendo aplastado por el ultraderechista Ronald Reagan, permitiendo la lectura de que Carter no tenía el perfil para representar los intereses del imperio.
Ahora con Obama muchos se crearon expectativas superiores, cuando la única aspiración debía limitarse a que detenga la carrera armamentista de un imperio cuyos intereses están por encima de todo. El propio ascenso al poder de un hombre de color constituye un acontecimiento insólito en ese país. Sus limitaciones son evidentes y atraviesa por serias dificultades hasta para un simple proyecto de salud. Luce tímido y su vida corre peligro.
Dudo que Barack Obama haya dado luz verde al derrocamiento de Zelaya en Honduras, pero mi duda es mayor de que tome iniciativas para reponer el orden institucional en ese país, en vista de que él tiene sus propios problemas en Estados Unidos, ¡problemas serios!
Hago estas observaciones con motivo de las declaraciones del presidente Leonel Fernández, de que Obama podría resolver el problema de Honduras. Diría Obama: puedo, pero no debo. De todos modos, hay que reconocer la solidaridad exhibida por Leonel hacia Zelaya.
