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Zona Infantil

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Había una vez una pequeña ciudad tranquila y próspera. Durante la noche, unos duendecillos muy amables iban a terminar el trabajo que no habían podido hacer sus habitantes.

El panadero, que por su trabajo tenía que levantarse en plena noche, muy temprano, se quedaba dormido cuando estaba mezclando los ingredientes del pan.

Entonces llegaban los duendecillos. Los amasaban, elaboraban los panes, los metían en el horno y los sacaban.

El carnicero tenía que salar el jamón y preparar los embutidos, pero los duendecillos lo hacían en su lugar, cuando él se quedaba dormido.

El carpintero no lograba terminar sus pedidos, pero no importaba, los duendecillos hacían muy bien su trabajo.

El vendedor de vino se había quedado dormido en el taburete. Como estaba aburrido de embotellar, había bebido un poco ¡le quedaban cinco barriles!

Sin embargo, cuando despertara ya estaría hecho su trabajo.

Los duendecillos también pensaban en las mamás, que estaban apuradas con las tareas de la casa, y que no tenían ni un minuto de reposo.

Por eso las ayudaban a planchar, lavar y fregar. Igual hacían con el sastre del pueblo, enfermo de gripe.

Pero un día, una mujer  de mal genio esperó a los duendecillos y los recibió a escobazos, ya que ayudaban a la vagancia de los habitantes del pueblo.

Desde ese día los duendecillos no regresaron y la gente del pueblo tuvo que volver a cumplir con sus obligaciones laborales.

El Nacional

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