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Zona Infantil

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Le decían la niña misteriosa, y casi todos los habitantes del pueblo la habían visto en el bosque jugando con las aves y dando grandes saltos con los brazos abiertos. Algunos decían que estaba hecha de barro, otros afirmaban que estaba hecha de arena, y solo la anciana soledad, de la que muchos se reían diciendo que estaba loca, decía que Melina era una hermosa niña de larga cabellera dorada y grandes ojos grises.

En el pueblo vivía Valery, una joven y bondadosa mujer que nunca había visto a Melina, y cuya madre, la mujer más acomodada y presumida del pueblo, siempre le decía con gran desprecio que a Melina sólo la veían las persona que tenían hambre.

Un día, sin decirle nada a su madre, Valery decidió ir al bosque con el propósito de ver a Melina y cuando llegó a este se paró en un claro y gritó con fuerza: Melina, ven, quiero verte. Soy Valery y quiero ser tu amiga, no me importa de lo que estés hecha, ven.

Entonces Melina comenzó a salir de entre unos arbustos, y Valery se quedo inmóvil al ver aquella niña de larga cabellera dorada y grandes ojos grises.

Hola, Valery, dijo Melina sonriendo, que bueno que quieres ser mi amiga.

Eres muy bonita, Melina, dijo Valery. Entonces porque la gente dice que tu eres…

Lo que sucede es que la gente me ve de acuerdo a sus sentimientos, dijo Melina, y como tú eres una bella persona, me ves así, como yo soy realmente, y como me ve mi amiga doña Soledad.

Yo siempre te veré así, Melina, dijo Valery tocando el rostro de la niña, Eso lo juro.

Ahora vete, amiga, dijo Melina que hay alguien cerca con muy malos sentimientos. Valery comprendió a Melina y se marchó en silencio, y cuando llegó a su casa llamó a su madre y con gran alegría le dijo: Mamá, vi a Melina, y es muy bonita, sí, sí.

Sé que la viste, dijo con tristeza la madre de Valery. Te vi tomar el camino hacia el bosque y te seguí, y escuche detrás de un árbol todo lo que hablaron.

Viste que bonita es mamá.

Perdóname, hija, dijo la madre de Valery, pero yo la vi horrible. Mirándome a los ojos y ofreciéndome un pedazo de pan.

Y se fue a su habitación y se sentó en la cama, llorando amargamente y comprendiendo que con su forma de ser jamás vería a Melina como era ella realmente, y que jamás dejaría de ser la mujer más odiada y despreciable de todo el pueblo.

(Alfonso Demorizi Romero)

El Nacional

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