Un amanecer de noviembre, cuando el viento pasaba por el jardín de Candinés, se detuvo de pronto intrigado.
-¿Qué te pasa? -le preguntó el viejo manzano que tenía un aspecto de muy cansado-. ¿Sucede algo grave?
-Es que ya estoy muy viejo -Respondió el árbol con voz débil-. Me pesan mucho las ramas.
¡Estoy tan cargado de manzanas que no soporto el peso!
-No te preocupes le dijo el viento-. Yo te ayudaré.
El viento, en su afán por ayudar al manzano, sopló con todas sus fuerzas.
Pero no hubo suerte: sólo cayeron dos o tres manzanas sobre la hierva.
¿Qué puedo hacer?, pensaba el viento. tengo una idea, exclamó de pronto. y se introdujo suavamente entre las ramas del manzano.
Como por arte de magia, se esparció por el aire el aroma penetrante de las manzanas… y llegó a la habitación de la niña Candinés.
-¡Mmmm!
¡Qué bien huele!
-dijo la niña
Creo que debo aprovechar, ir y tomar una cesta de manzana.

