La Batalla del 30 de Marzo de 1844, de la cual se conmemora mañana el 182 aniversario, fue más que un acontecimiento bélico.
La epopeya consagró el sentimiento independentista del pueblo dominicano, tras proclamar su liberación del yugo haitiano el 27 de febrero de 1844. Además de sus conflictos internos, las tropas haitianas comandadas por el general Jean Louis Pierrot, que habían avanzado por el Cibao, optaron por batirse en retirada antes de enfrentarse a un pueblo decidido a ser libre o morir.
Bajo el liderazgo de los generales José María Imbert y Fernando Valerio el pueblo tomó las calles de Santiago y otros pueblos del Cibao para repeler la invasión de las huestes haitianas, que ya venían de ser derrotadas en Azua.
Aunque no dejaron de intentarlo los haitianos no pudieron recuperar por las armas ni a través de ningún otro medio esta parte de la isla que gobernaron durante 22 años. Por lo que representa históricamente para el país esa batalla es digna de que se celebre y se recuerde en cada aniversario.
El simbolismo que la caracteriza eleva su trascendencia. Los dominicanos carecían de armas y un ejército convencional cuando se impusieron a las columnas haitianas para sellar la independencia y su soberanía.
A pesar de las tropelías cometidas por los haitianos durante la ocupación, los dominicanos no enarbolaron la venganza ni el resentimiento como bandera, sino su decisión de ser una patria libre y soberana. Es otra de las lecciones históricas.

