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A  36 años de su fusilamiento “El coco mayor”

A  36 años de su fusilamiento “El coco mayor”

POR JOSE ANTONIO TORRES
“A todas las águilas, a todas las águilas, aquí el capitán Mejía. Tengo al coco mayor”.

Y entonces corrigió,

“…. Al coco mayor, al coco mayor y dos heridos”.

Esa fue toda la transmisión que se hizo desde el lugar. Tan pronto terminó pusieron en marcha el vehículo y se alejaron rápidamente. Para nosotros no podía haber duda alguna; sucedió lo que sospechábamos desde hacía buen rato; la escueta comunicación radial así lo confirmaba aunque tuviera palabras extrañas para un vocabulario que no encajaba en lo habitual de los soldados dominicanos.

Este trabajo recoge fragmentos del diario del guerrillero Hamlet Hermann, específicamente lo ocurrido al mediodía del 16 de febrero de 1973, y publicado en el libro “Caracoles: la guerrilla de Caamaño”.

Dedujimos que los heridos serían Eugenio y Armando; al primero porque lo habíamos visto sangrante en medio del trillo y al otro compañero porque habíamos sentido su fusil cuando silenciaba abruptamente. Si había un compañero con vida ese era Román, a quien en el código establecido por los militares parece que llamaban el “coco mayor”. ¿Por qué?, no sabía ni tenía tiempo para pensar en eso, pero me resultaba extraño aquello de “el coco mayor”.

La rapidez con que ocurrieron el hecho del paso del jeep y la transmisión radial no nos dio tiempo ni para pensar, menos aún para coordinar acciones de rescate. No sabíamos dónde estaba los compañeros, ni cual era la fuerza enemiga que los tenía capturados.

Nunca tuvimos contacto visual con ellos desde el momento en que nos separamos en la ladera de la montaña. A la carga emocional del peligro, el hambre, el cansancio y la desnutrición se sumaba ahora el sentimiento de culpa por no haber podido ayudar a los compañeros prisioneros.

El trauma del sobreviviente empezaría a afectarnos en lo adelante, a uno más que a otros, pero mantendría siempre en nosotros la duda de si en realidad pudimos haberlos rescatado de las manos enemigas, si cumplimos con nuestro deber revolucionario.

Terminado el mensaje radial hecho por el capitán Mejía, el sargento Farías volvió donde su Comandante de Pelotón avisándole que la información había sido transmitida al Estado Mayor de las operaciones. El Teniente ordenó entonces al Pelotón que iniciara el descenso de esa loma, caminando hacia la carretera con el prisionero que cojeaba de una pierna por la herida de bala que tenía. Mientras esperaban, uno de los cazadores quitó los cordones de nylon que amarraban uno de los zapatos de Eugenio y lo ahorcó con ellos a cierta distancia de donde se encontraba Román.

Otro soldado le quitó el sweater que usaba y se lo puso para combatir el frío a pesar de que estaba manchado de sangre. Los guerrilleros muertos fueron dejados en el lugar para recogerlos posteriormente.

Román fue montado en la parte trasera del jeep en el cual fue conducido junto con el general Beauchamp Javier (Juan René) y el teniente coronel Castillo Pimentel hasta Nazito, población cercana donde desde la noche anterior se había instalado un comando avanzado del Estado Mayor de a contra-insurgencia. Román fue sometido a severa custodia por parte de los oficiales en lo que se esperaba por las órdenes de seguro vendrían de lo más altos niveles de decisión política del país.

Amarrado y sentado sobre un piso de tierra, necesitado de atención médica, Ramón se recostaba contra un seto de madera cortada rústicamente. Sus custodios lo observaban con expresión de asombro en sus rostros. Parecían no creer lo que veían sus propios ojos. Allí estaba aquel a quien sus jefes habían pintado como el terror personificado y enemigo de los militares dominicanos. Fuera  de ese recinto, todo era comentarios entre la tropa. A pesar de que se había ordenado silencio absoluto en torno a la captura del prisionero, fueron tantos los que participaron u observaron el procedimiento que fue imposible evitar que se filtraran noticias en detalle. El comentario entre la tropa giraba alrededor de qué se haría con el detenido. Unos, quizás comprometidos con crímenes anteriores clamaban por la muerte inmediata; otros callaban, eludían miradas directas y asentían con la cabeza ante quienes, provocadoramente, pedían la cabeza del jefe guerrillero.

Transmitida ya la decisión política de asesinar a Román, los jerarcas militares pidieron ser llevados hacia el lugar donde se desarrollara el combate. Esa sería la coartada de los principales mandos llegados desde la Capital. Una orden de los jefes militares fue transmitida al coronel Héctor García Tejada quien ordenó al teniente Almonte Castro para que junto al cabo Martínez, chofer del pelotón de reconocimiento del Sexto, lo acompañaran.

Las escasas informaciones que se han podido recabar relatan que las últimas expresiones de Román fueron:

¡Aaah, entonces me van a matar. Viva Santo Domingo libre, coño!

Y entonces tronaron los fusiles que acabaron con su vida. Un tiro de gracia en la frente aseguraría que la información sobre su muerte en combate pudiera ser dada de inmediato.

El Nacional

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