Opinión

A Guillermito Tejeda

A Guillermito Tejeda

Como un despiadado y horrible vendaval salpicado de dolor y angustia, se exclamaba en  San Cristóbal y luego en el país: ¡Han herido gravemente al teniente Guillermito! A los dos días, la otra noticia: había muerto Guillermito, el hijo entrañable de Guillermo, vibrante periodista.

Y San Cristóbal se envolvió en llanto.

Este horrible asesinato fue perpetrado por mentes y manos sacrílegas, segando los fragores de su juventud al servicio de la Patria y su lucha tenaz contra el narcotráfico.

No quedará impune. Tengo  absoluta fe de que sus autores serán apresados,   pues la firmeza demostrada por el mayor general Rafael Guillermo Guzmán Fermín, jefe de la Policía Nacional, hace pensar que autores intelectuales y materiales sin importar apellidos, rangos ni posiciones,  habrán de ser conducidos a las mazmorras carcelarias, si ya no están en ellas.

Te marchaste Guillermito, cuando simbolizabas flor de estos tiempos,  sin poder defenderte. No te atacaron de frente, porque temían a tu intrepidez y hombría.

Al teniente Guillermito, lo vi crecer, junto a su padre, el adorado amigo gloria del periodismo, Guillermo Tejeda, pues vivíamos en la casa de madre a poca distancia de su casa. Recuerdo  cuando Guillermo transitaba por las calles 16 de Agosto y  General Cabral, con Guillermito agarrado de manos y a veces visitaba la casa de mi progenitora, a quien admiraba y mucho quería.

Hace un tiempo, me encontré en el parque Central de nuestra Ciudad con Guillermito y al verlo ya hecho un hombre,   poco le conocía y me dijo: “Doctor, ya usted no se acuerda de mi. Usted iba con frecuencia a la casa de mis padres, y jugaba conmigo, me llevaba regalo de Reyes. Usted es amigo de mi padre y fue amigo de mi abuelo”.

Grata sorpresa. Pero como la vida es un círculo de dolores, refería Voltaire, mi siempre amigo Guillermo y los suyos, tienen un padecimiento que no sanará nunca, porque los hijos son las entrañas de los padres, decía Cervantes.

La tenacidad, altivez y valentía hecha dignidad de Guillermo Tejeda, ante las autoridades de la Nación y el apoyo moral de sus compañeros de labores, especialmente Nelson Guillén, Miguel Ángel, Napoleón    de la Cruz,  Lisette, en fin, todos ellos, gran parte de nuestro pueblo,  familia y tantos amigos y la determinación de la actual Jefatura policial y el equipo que le acompaña, habrán de detectar a todos los autores de esta barbarie incalificable. No deben existir vacas sagradas, ya que en  Guzmán Fermín se puede creer.

Las lágrimas vertidas por Guillermo, por la madre de Guillermito y por muchas otras personas, son razones de sus almas, sagrado derecho del dolor, lenguaje de la tristeza, porque  Guillermito. al bajar al sepulcro. ostenta la diadema de mártir del deber. Cuando los asesinos sean conocidos y ancionados,, Guillermito desde su calvario, en una de esas noches silenciosas y de revelaciones sacramentales podrá decir a Guillermo: “Padre mío, tu lucha no fueron en vano. Te adoro”. Guillermito.

¡Adiós, Guillermito, adiós!

El Nacional

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